El blog de la Biblioteca del IES Rodrigo Caro de Coria del Río

jueves, 11 de abril de 2019

Relatos de Halloween 2018: Las chicas del orfanato

Iniciamos la publicación de los mejores relatos escritos para la celebración de Halloween de este curso 2018/2019. Podéis ver el vídeo de la lectura pública y leer el texto completo de cada uno de los cuentos. Aquí tenéis en primer lugar Las chicas del orfanato, escrito por Lucía Lama, Alba Reyes y Lucía Velasco.




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domingo, 17 de marzo de 2019

Cine-club del Rodrigo Caro: El ídolo de barro de Mark Robson (1949)

Autor: Juan Gabriel Martínez 



 En la sexta sesión de nuestro cine-club nos hemos adentrado en el mundo del boxeo con esta película de Mark Robson de 1949.
Las películas en torno al boxeo han sido numerosas, si bien en los últimos años no son tan habituales como en las primeras décadas del siglo XX, hasta el punto de llegar a constituir un subgénero cinematográfico, con sus personajes característicos y sus propios códigos. En ellas nos encontramos con dramas humanos que tienden al melodrama y a veces a la tragedia, casi siempre con un propósito moralizante y ejemplarizante. Para las nuevas generaciones, tal vez la referencia más significativa sea Rocky (1976), y sus numerosas secuelas, aunque para un buen aficionado al cine todas prescindibles, pues sólo la primera, de John G. Avildsen, merecería alguna consideración. Además, me gustaría destacar otro título fundamental de este subgénero que se diferencia de los demás por tener de protagonista a una mujer; obviamente estoy hablando de Million Dollar Baby (2004), la excelente película de Clint Eastwood, protagonizada por él mismo y Hilary Swank, junto con Morgan Freeman, que mereció el Oscar a la mejor película en 2005, mérito que comparte con la anteriormente citada Rocky.
Mark Robson, canadiense de nacimiento, se asentó en Hollywood tras estudiar en la Universidad de California y empezar una carrera en el mundo del cine como montador de la mano de Orson Wells. Su época más prolífica empieza en los años 50 y 60, y en 1974 aún dirigió una película del género de catástrofes tan de moda en la época, Terremoto. Abordó muchos géneros cinematográficos, algunas veces con éxito de taquilla, pero con las que cosechó malas críticas. Con El ídolo de barro obtuvo prestigio y con ella fue candidato al premio del Gremio de Directores de Estados Unidos. En ella exploró este subgénero del cine de boxeo al que retornó en Más dura será la caída (1956) con una mirada más crítica.
Fue candidato al Oscar al mejor director en dos ocasiones, por Vidas borrascosas (1957) y El albergue de la sexta felicidad (1958).
Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que, dentro del cine dedicado a los deportes, es el boxeo el que más películas ha inspirado. Precisamente por esa proliferación de títulos en tiempos pasados es por lo que este subgénero, a los aficionados de una cierta edad, nos retrotrae a nuestra infancia y juventud, tiempos en los que estos personajes duros, luchadores (no sólo en el sentido pugilístico del término), humildes, nos acompañaron en muchas tardes de fin de semana, delante de aquella televisión en blanco y negro y cuando sólo había una cadena que elegir. Estas historias nos muestran unos personajes procedentes de medios sociales humildes y que, en su ascenso social, se encuentran con tipos sin escrúpulos que juegan con ellos y su destino, en un mundo turbio y sin principios para el que los protagonistas no estaban preparados. En ellas asistimos al ascenso y caída de estos “ídolos con pies de barro”.
Ese es el origen del título con el que esta película se estrenó en España en 1955, nada que ver con el mucho más triunfalista del original: Champion. Y particularmente debo decir que me parece un buen título por lo que tiene de reflexión acerca de la falsa gloria a la que pueden ser conducidas algunas personas, manipuladas por los aduladores y los magnates que las rodean, haciéndoles creer lo que no son y permitiéndoles llevar una vida que no las hará felices, por más que en apariencia hayan alcanzado todo lo que querían.
La historia, basada en un relato corto de Ring Lardner, es muy simple. El mundo del hampa y los negocios sucios, los combates amañados, la violencia presente en la sociedad, hacen que este film tenga toques de cine negro, y en este género también ha encontrado un hueco. Pero lo que más nos conmueve es el deterioro - moral y físico -  del personaje principal, interpretado por un joven, atractivo y poderoso Kirk Douglas. Ya desde el principio se ve que su personaje (Midge Kelly) está resuelto a escapar de la pobreza y a triunfar en la vida a cualquier precio. En él subyace una amargura que le impide reír y ser feliz, una violencia hija de la rebeldía ante la realidad en la que le ha tocado vivir, con su hermano lisiado (Connie, interpretado por Arthur Kennedy) y con una madre a la que quiere dar una vida mejor. Son los años posteriores a la Gran Depresión, y los valores morales no figuran entre las prioridades de unos ciudadanos más preocupados por la supervivencia diaria.
Casi de forma accidental, Midge se tropieza con Haley (un inolvidable Paul Stewart), el personaje tal vez más positivo de la película, un decepcionado entrenador que, en medio de ese mundo cruel y corrupto, intentará guiar los pasos de su discípulo y evitar que se descarríe. Se trata de un personaje arquetípico de este subgénero, el buen entrenador que sustituye a la figura del padre ausente y que siempre estará dispuesto a venir en su ayuda, hasta en las peores circunstancias.
En esta galería de personajes no quiero dejar de mencionar a las tres mujeres que se cruzan en la vida de Midge, y que no llegan a significar mucho para él. Como ya hemos señalado en reseñas anteriores, la mujer no ha tenido un papel determinante en muchas de las producciones de Hollywood, y cuando lo han tenido, daban vida en su mayoría a personajes malvados que contribuían a la desgracia del personaje masculino. Se trataba de eso que se llama una femme fatale. Otras veces sólo estaban allí como “reposo del guerrero”, su refugio, su consuelo. En cualquiera de los casos, nunca tenían una presencia activa en el desarrollo de la historia, salvo que fueran el antagonista del héroe. A ello no es ajeno que la mayor parte de este cine fue realizado por hombres, y hasta la misma consideración de los géneros era masculina: el cine negro, el western, el bélico, el de aventuras, el de terror. Pocos géneros escapan a este protagonismo de los hombres y a esta asignación de roles; éste podría ser el caso de las comedias románticas y los musicales, y aun con matices en ambos casos. Esta película no es una excepción. Por un lado está Emma (Ruth Roman), la mujer de Midge y a la que abandona en el mismo momento de la boda; su bondad la hará unir su destino al de la familia de Midge y Connie. Por otro, Grace (Marilyn Maxwell), mujer sin escrúpulos que mantendrá una larga relación con Midge y que representa su llegada a la cima del éxito. Y en medio, Palmer (Lola Albright), personaje ambiguo y poco relevante, si bien aporta un elemento alegórico que da más sentido al título de la versión española; se trata de una escultora célebre que esculpirá una figura de barro de Midge durante la breve relación que mantendrá con él. Pero todas ellas son tan sólo trofeos para Midge, otros tantos que añadir a la lista de sus logros en una carrera que no encuentra nunca la felicidad, para la que tal vez estaba incapacitado desde el principio.
Para terminar, señalaremos que esta película obtuvo el Oscar al mejor montaje (para Harry W. Gerstad) y el Globo de Oro a la mejor fotografía (para Franz Planer). Cabe señalar el uso novedoso de la cámara lenta en una parte de uno de los combates, algo habitual en películas de acción o deportivas posteriores, pero que no se había utilizado hasta ese momento; así como los primeros planos de los boxeadores en los combates, que nos muestran en toda su crudeza las huellas de este deporte. Pero lo más interesante es la magnífica banda sonora de corte clásico compuesta por un maestro de la música, Dimitri Tiomkin, el excelente músico nacido en Ucrania y nacionalizado estadounidense tras huir de Rusia después de la Revolución Soviética. A él le debemos innumerables bandas sonoras durante su larga carrera en Hollywood, adonde llegó en 1929, entre ellas la de Solo ante el peligro (1952), Escrito en el cielo (1954) y El viejo y el mar (1958), por las que ganó sendos Oscar.
Para concluir, quizás podamos afirmar que en estos tiempos de #metoo no se trate de un film muy comprometido ni que aporte un mensaje que atraiga al público femenino, pero tiene ese encanto del buen cine clásico y de las películas que nos hacían emocionarnos con una historia sencilla y humana, aunque desde un punto de vista muy viril, demasiado viril.
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martes, 19 de febrero de 2019

Cine-club del Rodrigo Caro: La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock (1954)

Autor: Eduardo González



El 24 de septiembre, una fecha un poco lejana ya a estas alturas de curso, se puso en marcha un año más este Cine-clubque poco a poco se nos va consolidando. A finales del curso anterior los habituales asistentes a las proyecciones ya habíamos ido sugiriendo películas que habíamos visto y que nos gustaría que otros asistentes que no las habían visto lo hicieran. No hay forma más entusiasta y eficaz de transmisión de conocimiento y emociones que esa que empieza con un “¿y habéis visto tal o cual de fulano o mengana?”. Por una rara unanimidad –rara dadas las diferencias generacionales entre los habituales- se impuso la idea de que durante el curso 2018/2019 había que darle un repaso al cine de los 50 y a todos nos salía mucho Hitchcock. Pues bien, tocó abrir con La ventana indiscreta (Rear window), película del Maestro estrenada en 1954.


Ha pasado ya tiempo como para limitarnos a informar del evento en este blog de la Biblioteca del IES Rodrigo Caro en el que alguno de los asistentes solemos publicar una breve reseña. Sin embargo, quizá sí sea el momento oportuno para aprovechar la reseña de la película como excusa para hacer una breve reflexión sobre qué hacemos esas tardes cuando nos reunimos un grupo de alumnos, profesores y amigos para ver cine.


¿Cómo es que un pequeño grupo de personas de muy diferentes edades, intereses personales, preocupaciones vitales etc. se reúnen en un centro educativo y pasan un par de horas fuera del horario lectivo, libremente, sin esperar una recompensa en forma de calificación o remuneración económica? Lo que pasó en la proyección de La ventana puede ser una buena respuesta.


Cuando terminó la sesión aquella noche ninguno de los asistentes, entre los que se contaba algún niño incluso, estaba decepcionado con la historia, ni le pareció ésta inverosímil; nadie pudo decir que el final era previsible (ni siquiera para los que la habían visto ya varias veces) o que tal o cual intérprete estuvo poco convincente o, por el contrario, sobreactuó.

Que a mí se me ocurra, esas son algunas de las razones por las que cuando salimos de una sala de cine (o de la sala de estar de nuestra casa), le hacemos objeciones a algo que ha pasado allí porque hemos querido. Si eso pasa, la magia del cine no se ha consumado o, por decirlo de forma pedante, no hemos suspendido nuestra incredulidad como pide la buena ficción.


Pues bien, aquella noche hubo magia. La mayoría de los asistentes, independientemente de cualquier orientación, salimos enamorados de Stewart y/o Kelly (¡probablemente también el niño!) o de sus personajes (da igual, ¡qué gran logro!). Se puede pensar que exagero pero ningún exceso le cuadra a esta maravilla del arte cinematográfico que es La ventana indiscreta. Me atrevo a decir que no hay mejor película para iniciar una temporada de cine, y si me pongo, ahora sí, hiperbólico y pienso en el niño-espectador, para iniciar una vida de cinéfilo adulto.

Hay quien dice que el film es algo así como toda una poética voyeurista del "maestro del suspense". Pero yo me quedo con que es un compendio de la magia del cine. Todo es artificio y se mira con distancia en La ventana indiscreta: el director compone un fresco pintado sobre la pantalla para enseñarnos su particular interpretación de la ley de la propiedad horizontal, los actores miran desde las ventanas y a través de los visores de cámaras y prismáticos, los espectadores asisten desde sus butacas (incómodas sillas escolares en este caso) al panorama de la vida cotidiana. Pero nada en ese artificio resulta suficiente para romper la comunión (sí, he escrito “comunión”) que se produce entre el grupo de espectadores enfocados hacia la pantalla, en el silencio que los envuelve, en las miradas cómplices, en los suspiros mal disimulados.

Todo es oblicuo en esta historia: se nota que el decorado un decorado; el guión (escrito por John Michael Hayes a partir de un relato corto de Cornell Woolrich publicado en 1942: ‘It Had to Be Murder’ ) nos dice que el asesino es el mayordomo demasiado pronto; la música subraya con la melodía los momentos felices o tensos de una manera que hoy ya no es novedosa.

Y sin embargo… Hay un thriller apasionante ante nuestros ojos, en primer lugar. En segundo lugar, hay una historia hecha desde la perspectiva del protagonista, lo que nos permite asistir a su descubrimiento de lo que ocurre, sufrirlo, disfrutarlo morbosamente y hasta nos duele la pierna que él tiene rota. Y esto logra que nos perdonemos el voyeurismo que implica toda sesión de cine, al menos de buen cine. En tercer lugar, todo lo que de interés se cuenta en la película, el director lo muestra a través de las imágenes (esa cámara fotográfica muda, qué hallazgo…).

A pesar de todo eso y, aunque la película es una película sobre cómo hacer una película, es mucho más que un ejercicio intelectualoide de técnica o una “propuesta metacinematográfica”. La ventana indiscreta es una historia con personajes humanísimos: tozudos, torpes, engreídos, cotillas, vagos, infieles, metomentodos, adorables, esforzados, moralmente comprometidos, valientes… Ojalá pudiéramos identificarnos con ellos, pensamos durante la proyección. Porque estamos allí, a su lado mirando por la ventana o entrando en el apartamento prohibido. Qué pena que se esfumaron, pensamos cuando aparece el rótulo de The End.

El mejor ejemplo lo encuentro en James Stewart, al que alguien llamó el actor que mejor interpretaba al “hombre común”: ¡cómo quisiéramos ser tan comunes como él!

Creo que en esa aspiración a la identificación con los personajes, con la historia entera, se encuentra la magia del cine a la que invocamos en cada sesión del cineclub.


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lunes, 4 de febrero de 2019

Cine-club del Rodrigo Caro: Vértigo (De entre los muertos), de Alfred Hitchcock (1958)

Autor: Juan Gabriel Martínez

Tras el parón navideño retomamos nuestro cine-club con otra obra maestra de Alfred Hitchcock (y es la segunda que ponemos este curso). “Vértigo (De entre los muertos)” es, sin duda, uno de los filmes más conocidos y admirados del genial director inglés (aunque nacionalizado estadounidense), y para muchos su mejor película, si no la mejor de la historia del cine, incluso por delante de Ciudadano Kane (1941), de Orson Welles.


Intentaremos hacer aquí una breve reseña de ella, pero sus lecturas son tantas que se hace imprescindible verla para que el espectador haga su propia interpretación. Ya sabemos de los muchos leitmotivs y obsesiones de Hitchcock, pero en esta ocasión las numerosas capas que recubren el inconsciente del personaje principal (Jonh “Scottie” Ferguson), un detective acrofóbico, nos obligan a hacer un esfuerzo para comprender qué es lo que este complejo personaje encierra.
La película se basa en la novela titulada Sueurs froides: d’ entre les morts, de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, adaptada por los guionistas Alec Coppel y Samuel A. Taylor. Pero en las manos de Hitchcock la historia adquirió múltiples matices debidos a las preocupaciones y obsesiones del gran maestro.
Por un lado tenemos el trauma que le causó al detective Ferguson la caída mortal de un policía en el curso de una persecución, cuando éste intentaba salvar la vida a nuestro protagonista. Por otro, una pulsión sexual insatisfecha en un personaje masculino que no sabe relacionarse con las mujeres y que acaba obsesionándose con aquélla a la que le es encomendado seguir. Aparentemente se trata de proteger a la mujer de un antiguo compañero de estudios, cuyo comportamiento anómalo suscita los peores temores del marido. La historia que sirve de pretexto a esta preocupación, rayana en lo paranormal, es poco creíble para una mente racional como la del detective: el marido cree que su esposa (Madeleine Elster) se siente poseída por el espíritu de un antepasado, una dama del siglo XIX importante de la sociedad de San Francisco, y que puede acabar como ella, suicidándose en la bahía.
Y para evitarlo, en nombre de su vieja amistad de los buenos tiempos, solicita sus servicios durante el período de baja por su enfermedad, de la que es conocedor. Tras su primer rechazo, la idea tienta a Scottie, que desde el primer momento queda subyugado por la belleza y el misterio de la mujer, una Kim Novak espléndida, una de esas rubias maravillosas que obsesionaban a Hitchcock y a las que a menudo trataba mal en sus películas. Las mujeres rubias son en general personajes débiles, misteriosos, que encubren un pecado o directamente culpables de un delito; no son las heroínas, sino las acompañantes del héroe masculino y a menudo la causa de su perdición.

Por el contrario, Scottie rehúye la relación con Midge, una amiga que realmente lo ama y que lo intenta seducir reiteradamente, con nulo éxito, ya que nuestro detective no siente ninguna atracción por ella. Podemos preguntarnos si la siente por las mujeres o tiene inhibido ese deseo (¿impotencia?) como uno más de los traumas causados por la muerte del policía al principio de la historia. Ella es quien expone el remedio que Freud y el psicoanálisis dan para resolver ese tipo de traumas: un impacto emocional, una experiencia semejante a aquélla que lo causó.
El psicoanálisis juega en esta película una función especialmente relevante, hasta el punto que podemos afirmar que es la clave que sustenta toda la bóveda argumental. Por ello abundan los símbolos visuales que remiten a esa sensación y a ese sentimiento que da título al film: el vértigo. La figura de la espiral del cartel de la película tiene su reflejo en el moño de la protagonista, un elemento fundamental en la resolución de la trama, así como en la escalera de caracol, que también será trascendente en la resolución del conflicto. Los movimientos en contrapicado de la cámara también nos remiten a un movimiento en espiral. Ambos elementos serán recurrentes a lo largo del desarrollo de la historia, que también tiene una estructura de espiral, haciéndonos revivir, como al detective Ferguson, repetidas veces las situaciones que constituyen la estructura de la película. La espiral es también icono del movimiento del inconsciente en su descenso a los infiernos durante los sueños, ese mundo onírico en el que se nos hacen presentes nuestras preocupaciones, nuestras obsesiones, nuestros miedos, lleno de fantasmas del pasado, asuntos por resolver y heridas por cerrar. Es de destacar que para reflejar en la pantalla el mundo de los sueños, Hitchcock recurre a los dibujos y a la animación, en otro descenso en espiral al submundo interior. Y la superación de esa angustia paralizante sólo es posible por la confrontación con nuestras debilidades y la repetición salvadora de los acontecimientos traumáticos, aunque eso suponga la perdición de los que nos rodean.

Esta película es en realidad dos películas, y si en la primera de ellas sentimos pena y simpatía por el personaje de James Stewart, en la segunda este mismo personaje, obsesivo, egoísta, manipulador, en una palabra, machista, empieza a incomodarnos; al observarlo experimentamos un cierto rechazo hacia su comportamiento desabrido. Es cierto que es una víctima (ya lo sabemos porque el director nos lo ha contado en una de las pocas secuencias en las que James Stewart, protagonista absoluto en una interpretación inolvidable, no está en escena), y que su amor ilícito por la mujer de su amigo no se ha visto materializado, dejándolo aún más sumido en la pesadilla de sus traumas, pero su conducta con Judy Barton, la chica que encuentra por casualidad en la calle y que le recuerda a Madeleine, fallecida en trágicas circunstancias, sobrepasa lo que hoy consideraríamos tolerable y lo que una mujer debe consentir. Los dos personajes masculinos (el marido y el detective) representan un tipo de masculinidad poco gratificante, si bien las motivaciones de uno y otro son completamente diferentes; en cualquiera de los dos casos podemos afirmar que son dos comportamientos posesivos y autoritarios, que se creen dueños del destino y de las vidas de las mujeres que los rodean. Las mujeres no son bien tratadas por Hitchcock en sus películas, y en especial en esta película, donde no son queridas por los hombres, ni por el marido de Madeleine ni por Scottie, que no sabe querer a las mujeres que aparecen en su vida y que conduce a un final trágico a Judy, tal vez víctima ella misma de la turbia historia a la que se dejó arrastrar.

No podemos dejar de citar las magníficas localizaciones en San Francisco, fotografiadas por la mano maestra de Robert Burks; ni la excelente y reiterativa música (otra forma de expresar al oído la espiral) de Bernard Hermann. La música nos acompaña durante el seguimiento que el detective Ferguson hace a Madeleine Elster, como un personaje que nos lo fuera narrando. Los planos se suceden uno tras otro con el único acompañamiento de la música, auténtica protagonista en los momentos fundamentales de la película, llegando a durar la ausencia de diálogos en algunas secuencias casi diez minutos, y no olvidemos que la película tiene un desarrollo concéntrico -una vez más en espiral-, subrayado por la yuxtaposición simétrica de elementos: museo y cuadro, cementerio y lápida, residencia y coche… De todo ello la música es la amalgama, fundamentalmente para lograr el suspense del que Hitchcock es uno de los máximos representantes; sin ella nada sería lo mismo.
Pero no pensemos que esta película es sólo una película de suspense o de cine negro; es mucho más: es también intriga psicológica y erotismo. Es, en suma y como decíamos al principio, una obra maestra que ha sido reconocida con el paso del tiempo. En el año de su estreno, sólo consiguió el premio al mejor director en el Festival de San Sebastián, así como al mejor actor para James Stewart, aunque también estuvo nominada a los Oscars al mejor sonido y la mejor dirección artística. Para los amantes del cine de nuestros días es un título imprescindible.
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Cine-club del Rodrigo Caro: Los 400 golpes de François Tuffaut (1959)

Autor: Juan Gabriel Martínez

Nuestro cine-club sigue su camino consolidándose cada mes un poco más. La última película que hemos visto antes de las vacaciones de Navidad ha sido Los 400 golpes (1959), de François Truffaut.
Se trata de su primer largometraje (ya había realizado dos cortos con anterioridad) tras haberse dedicado a la crítica cinematográfica en diferentes medios de comunicación entre los cuales el más significativo es la célebre revista Cahiers de cinéma, donde, con otros jóvenes cineastas franceses innovadores, se plantan las bases y los principios del movimiento que será conocido como La Nouvelle Vague. De hecho se considera que esta película inaugura este movimiento.
Como en gran parte de su filmografía, si no en toda, las vivencias de la infancia de Truffaut van a estar presentes en esta película: el padre desconocido, el desarraigo con la madre, las dificultades escolares, las faltas al instituto, el gusto por el cine y la literatura... Con muy pocos elementos y una austeridad formal y visual, y con la excepcional interpretación de Jean-Pierre Léaud, François Truffaut va a componer una historia conmovedora sin llegar a caer en la sensiblería. ¿Qué nos cuenta el director?
Conviene hacer aquí un alto para fijarnos en el título de la película, imprescindible para una correcta interpretación de la misma. La expresión francesa “les 400 coups” (título original de la película) hace referencia a las pequeñas gamberradas que empieza haciendo un niño travieso y que pueden llevarle por mal camino si su formación no le da unas herramientas con las que desarrollar una vida “decente y provechosa”. Casi todos hemos hecho alguna vez alguna travesura, pero en algunos casos esas travesuras toman una pendiente peligrosa que puede ser el origen de una vida desgraciada.
Este es el caso de Antoine Doinel, un adolescente parisino al que su familia no presta la atención necesaria y al que la escuela no satisface. La sociedad francesa aún vive las secuelas de la Segunda Guerra Mundial y el sistema educativo tradicional no responde a las expectativas y necesidades de un niño sensible e inquieto. De su padre no sabemos nada, y su madre ha iniciado una nueva vida con alguien que intentará llenar la ausencia de la figura paterna; pero el resultado no satisface realmente a nadie. Y un adolescente con el que nadie sabe qué hacer. Ante tal situación, Doinel encuentra un vacío que intenta llenar a su manera, lo que incluye hacer novillos en el instituto con un cómplice, que se convierte en su mejor amigo, para ir a sesiones matinales de cine, su gran afición. Las clases se le hacen tediosas y pasa las horas maquinando travesuras, ajeno a unas clases que no le dicen nada. Él se ve como una víctima de la escuela y de la sociedad y cualquiera de sus acciones encuentra justificación en su mente. Lamentablemente para él, las mentiras tienen las piernas muy cortas y todas esas travesuras se ven una y otra vez esclarecidas con el consiguiente castigo.
Evidentemente nuestro “héroe” busca una salida a una vida que no lo satisface, que no lo llena, que no responde a sus necesidades vitales ni afectivas. No podemos decir que sea un delincuente, pero la falta de una orientación y de una atención por parte de los adultos que lo rodean están en el origen de este “descenso a los infiernos”. Una enseñanza obsoleta y esclerotizada, una madre más preocupada de sí misma y de sus flirteos que de su familia, un padrastro simpático pero desinteresado, esos son los referentes de este adolescente que busca en el cine las experiencias y las satisfacciones que su rutinaria y solitaria vida no le ofrece. Antoine es consciente de todo lo que ocurre a su alrededor (conoce la infidelidad de su madre y aprende a mentir en un mundo donde todo el mundo miente o mira para otro lado). Pretendiendo evadirse, prepara junto a su amigo de correrías (y apoyo en los momentos difíciles) un plan para huir; sus pequeñas travesuras van transformándose hasta llevarlo a las puertas del delito, del que René, su amigo y cómplice de clase más acomodada, se verá libre por los pelos.
Pero para Antoine no hay escapatoria: cárcel, juez e internamiento en un correccional, ése es el camino que habrá de recorrer Antoine, sin que se sepa muy bien si eso supone un empeoramiento respecto a la vida que ha llevado hasta ahora. En cualquier caso, el final abierto de la película nos hace concebir esperanzas para ese niño que al llegar al mar sólo puede pararse a contemplarlo y tal vez pensar que debe hacer algo con su vida para darle un sentido. Ese sentido lo encontró Truffaut en el cine. Para Truffaut, Jean-Pierre Léaud fue un descubrimiento, y contó con él para seguir recreando su infancia conflictiva en otras cuatro películas más. Pero ésta es la que más prestigio le proporcionó, hasta el punto de ser, aún hoy, una de las mejores películas francesas. Recibió numerosos premios entre los cuales citaremos el premio del Festival de Cannes al mejor Director. También fue un éxito de público el año de su estreno, y los años transcurridos no han hecho sino consolidar el prestigio de la película y hacerla crecer en la consideración de críticos y directores, hasta el punto que figura en varios rankings entre las mejores películas de la historia del cine. Woody Allen, Luis Buñuel, Richard Lester, Carl Theodor Dreyer y muchos más la señalan como una de sus películas preferidas, y Akira Kurosawa llegó a decir de ella que era “una de las películas más hermosas que he visto”.
Según la estética de la Nouvelle Vague, lo importante en una película es la narración, precisa, minuciosa, con un claro gusto por las referencias literarias. La escritura del guión, en el que colaboraron el propio Truffaut y Marcel Moussy, tiene un papel relevante, al que la imagen objetiva (el responsable de la sobria y delicada fotografía es Henri Decaë), sin alardes ni elementos superficiales, debe acompañar sin añadir nada que no sea imprescindible para la narración de la historia. La música de Jean Constantin, mínima, es también un elemento menor, pero significativo en los pocos momentos en los que la narración prescinde de los diálogos para dejar a los personajes evolucionar dentro de la historia. Se trata de películas realizadas con poco presupuesto, con actores no profesionales y en localizaciones naturales, filmadas en pocas semanas, en blanco y negro, con planos largos, en las que la mirada de la cámara y el montaje posterior son otros tantos elementos fundamentales. Y todo ello para tratar temas morales con un estilo casi documental. De este tipo de cine surgió esa categoría que se aplica habitualmente a ciertas películas: “cine de autor”.
En fin, una gran película para cerrar este primer trimestre del curso y dejarnos con ganas de retomarlo a la vuelta de las vacaciones. Si no la habéis visto, no os la perdáis.
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