El blog de la Biblioteca del IES Rodrigo Caro de Coria del Río

martes, 18 de enero de 2022

Cineclub del Rodrigo Caro: Desayuno con diamantes (1961) de Blake Edwards

 

por Juan Gabriel Martínez


No sé cómo reaccionarán otras personas en situaciones como la que voy a describir a continuación a propósito de esta comedia romántica, pero hay títulos que disparan automáticamente un reproductor musical en mi mente, como si alguien seleccionara en una jukebox (si digo su nombre en español es posible que nadie sepa de qué estoy hablando: una sinfonola) una melodía de esas llamadas imperecederas:

Moon river, wider than a mile,

I’m crossing you in style some day.

Oh, dream maker, you heart breaker,

Wherever you’re goin’, I’m goin’ your way.”

 Y a partir de ahí, la historia de la película transcurre ante mis ojos con una mezcla de ternura, tristeza, nostalgia… y un poquito de edulcorante, para qué negarlo. Por ello, no voy a llevar la contraria a quienes no la tienen en gran estima. Pero también creo que es justo que reconozcan que la presencia de una delicadísima Audrey Hepburn no hace sino realzar los valores cinematográficos –que sin duda tiene- de este clásico de los años sesenta, en la que fue la interpretación que la consagró como la reina del glamour.

Dentro de este glamour que caracteriza a todo el film, no podemos dejar de mencionar el vestuario, que le debemos a Hubert de Givenchy, el célebre modisto francés que vistió a famosas mujeres y grandes estrellas del cine, entre ellas a Audrey Hepburn en esta película, así como en Una cara con ángel (1958), por la que obtuvo una nominación a los Óscar. Los trajes que diseñó para la actriz (y amiga suya) tuvieron y tienen aún gran influencia en un gran número de diseñadores.

                 Sin duda, la banda sonora de Desayuno con diamantes, y en particular la interpretación que del tema principal hace Audrey Hepburn tocando la guitarra sentada en la escalera de incendios una bonita mañana del otoño neoyorquino, son dos momentos estelares de la historia del cine. En el curso pasado cerramos el ciclo de películas con otra banda sonora inolvidable compuesta por el maestro Ennio Morricone para Cinéma Paradiso; como si un hilo invisible las uniera, iniciamos el de este año con otra película cuya banda sonora es absolutamente imprescindible y reconocible por todo el mundo. No en vano, Moon River (cuya letra debemos a Johnny Mercer) fue seleccionada por el American Film Institute en 2004 como la cuarta canción más memorable de la historia del cine. Por ella, y por la banda sonora de todo el film, Henry Mancini ganó dos premios Óscar en 1961, además de dos premios Grammy en 1962.


                 Éste fue el título elegido para iniciar una nueva temporada del cine-club del IES Rodrigo Caro, en respuesta a la demanda de alguna alumna a finales del ciclo anterior. Y con él nos acercamos al universo femenino, tan presente en la inspiración de tantos grandes títulos en la historia del cine como poco reconocible en muchos de ellos.

                Decíamos al principio que se trata de una comedia romántica, pero tampoco estaría mal considerarla una comedia dramática, si nos atenemos a la historia que subyace bajo esa apariencia de frivolidad y enamoramiento dificultoso lleno de tramas destinadas a concluir en el típico happy end. Sin duda, la novela de Truman Capote en la que se inspira (Breakfast at Tiffany’s) explicita mucho más las circunstancia que envuelven al misterioso personaje de Holly Goligthly, pero la censura americana y, sobre todo, el sentido comercial que Edwards da a sus películas, siempre más cercanas a la comedia que al drama, hicieron que los detalles escabrosos del original se obviaran. Así, Holly se gana la vida ejerciendo el oficio de escort (¡y ya van tres anglicismos en esta reseña!), o lo que es lo mismo, aunque suene más prosaico en español, de prostituta. Tras una difícil infancia y un matrimonio por pura supervivencia, exento de amor, Holly recala en Nueva York, donde lleva una vida mundana, extravagante y desordenada, buscando una oportunidad para ser artista o a la espera de encontrar la felicidad con un marido rico que la haga olvidar un pasado que pese a todo la persigue. Pero, además, el personaje original es abiertamente bisexual, lo que la haría un personaje muy interesante en el panorama cultural actual, pero que iba mal con la imagen angelical de Audrey Hepburn a principios de la década de los sesenta. Y por supuesto, se evita cualquier alusión a un aborto anterior y a su afición a fumar marihuana (aunque casi al final de la historia, en el momento de su detención por la policía, se hace una alusión de pasada a la posibilidad de que hubiera droga en su apartamento), limitándose a teñir al personaje de un cierto tono gris por su afición al alcohol. Está claro que nuestro admirado Truman Capote tenía un espíritu torturado del que dotaba a sus personajes (los reales de A sangre fría y los ficticios, como los de la novela que nos ocupa).

                Holly encuentra a un joven y atractivo escritor de poco éxito que se instala en su mismo edificio, y a partir de ahí entablan una relación ambigua, entre la amistad (porque hay muy poco en común entre ellos, al margen del evidente atractivo físico) y el enamoramiento en el que se mezclan atracción y ganas de ayudarse. Para evidenciar ese afecto amistoso que siente por él, Holly, en uno de sus habituales gestos extravagantes, decide llamarlo como a su hermano: Fred, aunque el chico se llama Paul. Como en toda comedia romántica, nada hace pensar que esa relación pueda llegar a algo más profundo, pero ya sabemos cómo es el cine: de crisis en crisis, de dificultad en dificultad, de vivencia en vivencia, los personajes de Holly y Paul Varjak (un guapísimo George Peppard de 32 años, uno más que Hepburn) van acercándose más allá de la compañía y la ayuda mutua que se dan. La belleza de ambos se complementa con la nobleza de sus caracteres, la inocencia que los hace intocables ante las vilezas del mundo en el que viven y del que, por otro lado, no quieren salir. De hecho, la despreocupada Holly se presta a un curioso servicio de transmisora de información codificada entre un conocido mafioso encarcelado en Sing Sing y sus secuaces en el exterior, servicio por el que recibe una remuneración que a ella le parece desinteresada porque no sabe cuál es su función en esa red delictiva y que la llevará ante la justicia en la última parte de la película.

La vida en Nueva York es difícil, pero merece la pena (y las penas son muchas) afrontarla, aunque para ello Holly deba ofrecerse a “caballeros” de alto nivel social, a la caza de un hombre rico que quiera casarse con ella, lo cual cree conseguir por fin con el político José da Silva Pereira (personaje encarnado por el aristócrata español y playboy internacional José Luis de Vilallonga): éste la desposará y la llevará a Brasil para empezar una nueva vida feliz. O que Paul Varjak acepte vivir como un mantenido por una rica amante, casada, que le pone en contacto con el mundo de las editoriales, donde espera publicar y continuar su incipiente carrera literaria en la que sólo hay un libro editado hasta ese momento. Esas son las dificultades de sus vidas, que ellos mismos reconocen como una farsa: una realidad grosera y hostil en la que los bellos momentos de calma y dicha son escasos, y Tiffany’s es uno de esos raros lugares donde se pueden encontrar. Por eso Holly suele acabar su jornada “laboral” a las seis de la mañana, en una ciudad aún vacía antes de que sus calles se animen con el ir y venir de miles de personas, cada una con sus preocupaciones, delante de los escaparates de la joyería, deleitándose en la contemplación de unos diamantes que para ella representan el mundo feliz donde querría vivir, con un desayuno en la mano, adquirido en algún lugar abierto. Los diamantes, símbolo de la belleza, la serenidad y la seguridad ante el tiempo que no se detiene, de los anhelos de una joven que ha tenido una infancia difícil.

                La desordenada vida de la mundana Holly, en la que Paul intenta poner un relativo orden, nos lleva a conocer la historia real del personaje, esa que quiere olvidar a base de ignorarla, pero que la obstinada realidad acaba poniéndole delante de sus narices, y con ello la deja al descubierto ante su entorno. Su verdadero nombre es Lula Mae Barnes, originaria de Texas. Allí se casó siendo una adolescente (¡14 años!) con Doc Goligthly, quien aún se cree su marido pese a que lo abandonó un día para huir de esa vida y perseguir un sueño. El buen hombre había comprendido que aquella niña no estaba enamorada de él, por lo que la dejó marchar y no le guardó ningún rencor. Y con ese buen ánimo se planta en Nueva York a buscarla para que regrese y se encargue de su hermano Fred (que va a terminar su servicio militar), de sus cuatro hijos (de un matrimonio anterior y para los que buscaba una madre cuando se casó con ella) y de él mismo. Para Holly, la opción de regresar a Texas es impensable, pero sabe que su hermano (que padece una discapacidad intelectual) necesita su ayuda y asume esa responsabilidad. Desde ese momento la necesidad de casarse con un hombre rico se hace perentoria.

Cuando todo parece ir bien con José da Silva Pereira llega la triste noticia del fallecimiento de su hermano durante unos ejercicios militares (¡la vida, siempre la puñetera vida!), el único ser al que Holly se siente unida. Con ello, la vida de Holly da un brusco cambio y la obliga a enfrentarse a la nueva realidad de una existencia que ya todos conocen. Las dificultades se acumulan, pero como en toda buena comedia romántica, esas mismas dificultades hacen que los personajes se conozcan mejor y sean capaces de superarlas, justo en el momento en el que parecía que todo se iba al garete.

Entretanto, Paul, que se ha visto rechazado por Holly tras confesarle su amor, ha iniciado una vida independiente tras su ruptura con su amante rica: ha cambiado de domicilio y vive de sus publicaciones (incluso ha publicado y le han pagado un breve relato en un periódico). Durante ese tiempo Holly se prepara para su cambio de vida en Brasil, porque parece que la boda con el político portugués es cosa hecha. Y cuando Paul va a despedirse de ella llega el nuevo revés: la redada de la policía. Y como consecuencia de ello (o tal vez todo había sido una farsa más) José da Silva da por roto su compromiso. Holly persiste en su idea de abandonar Nueva York e iniciar una nueva vida en Brasil, pero eso ya no será posible. ¿Quién está con ella en esos momentos? De nuevo Paul Varjak, buscando la fianza para sacarla de la cárcel y yendo a buscarla, llevándole su gato que aún no tiene nombre (porque nadie pertenece a nadie y nadie tiene derechos sobre los demás, incluyendo el de dar un nombre, una relación inestable como todo lo que en la vida de Holly aún no es definitivo), llevándole su ropa...

La tormenta precede a la calma, y las lágrimas del hundimiento personal anteceden al encuentro realmente amoroso con el ser que es capaz de estar donde debe en el peor momento, el único que la ha tratado con respeto, viendo en ella lo que nadie quería ver; el único que es capaz de decirle las cosas que ella no quiere oír; el único que la hace enfrentarse a la realidad sin fingimientos y con valentía. Ya sin artificios, sin atrezzo, sin imposturas, cuando sólo el amor puede rescatarlos del abismo, en ese momento es cuando podemos tener en nuestras manos el mundo entero concentrado en un callejón destartalado de Nueva York, con la lluvia mezclándose con las lágrimas y corriendo torrencial por las mejillas (¿estoy escribiendo de Desayuno con diamantes o de Blade Runner?). Ella, Paul… y Gato.


Con esta película Blake Edwards obtendría el primero de sus éxitos de crítica y público. Tras ella, desarrolló una irregular y prolífica carrera tanto en cine como en televisión, donde abundan las comedias (entre ellas la larga saga de la Pantera Rosa), algunas de ellas sobresalientes, como El guateque (1968), pero muchas de ellas intrascendentes. En esa línea de películas cómicas se combinan además los musicales como Victor Victoria (1982) y otras con tintes eróticos, como 10, la mujer perfecta (1979). Pero también le debemos dramas intensos y demoledores, como la, a mi juicio excelente, Días de vino y rosas (1962). Y en muchas de ellas contaría con la colaboración de Henry Mancini, siempre con extraordinarios resultados.

                Como ya he dicho otras veces, una de las grandes riquezas del cine es su capacidad de hacernos soñar, aunque eso nos aleje a veces de la realidad; pero la vida (y el cine, ¿cómo no?) también es ilusión. Una ilusión por vivir vidas ajenas, por conocer lugares lejanos y desconocidos, por tener experiencias que nos hagan más felices y un poco mejores. Y al final de todo, cada uno de nosotros navega por un río de amplias resonancias filosóficas y literarias. También cinematográficas. Cada uno de nosotros seguimos nuestro propio y particular Moon River.

                “We’re after the same rainbow’s end

                Waitin’ round the bend

                My huckleberry friend

                Moon river and me”

 

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lunes, 20 de septiembre de 2021

Cine-club del Rodrigo Caro: Cinema Paradiso (1988), de Giuseppe Tornatore


por Juan Gabriel Martínez

               El final de curso ya estaba cerca cuando tuvimos la última sesión de nuestro Cine-club, y para ello elegimos una película deliciosa, todo un homenaje al cine con la que queríamos dejar un buen sabor de boca para cerrar la programación de un período complicado, pero del que humildemente creo que podemos sentirnos orgullosos por cómo lo hemos superado: Cinema Paradiso.

Para los que amamos el cine, es un regalo este film, todo un ejercicio de nostalgia de una época (esa nostalgia que Alfredo aconseja a Totó dejar atrás para seguir su camino en la vida), de una manera de ver cine, de unos espacios mágicos, de una técnica, que ya no volverán. Tan sólo la “arqueología” podrá salvar el recuerdo de esos cines hoy abandonados -si no demolidos-, de esas máquinas de proyección convertidas en piezas de museo, o esas cintas de celuloide que en muchos casos se perdieron devoradas por las llamas. Un tiempo épico para un arte lírico. Con esta película, Tornatore, al mismo tiempo que rinde un homenaje al cine y sus gentes, nos sumerge en un discurso metafílmico de sensibilidad melodramática. Alguien podrá considerar excesivamente sentimental el tono, especialmente el final, pero ¡qué bien sienta, al menos al que esto escribe, dejarse invadir por las emociones de vez en cuando sin poner barreras al corazón! (Es justo la frase sensiblera adecuada para ponerse al nivel del film).

               Pero vayamos ya a la película propiamente dicha. Su director, Giuseppe Tornatore, venía del cine documental, y había rodado su primer largometraje (El profesor) el año anterior. Fue con este segundo largometraje (rodado entre 1987 y 1988) con el que logró el reconocimiento internacional y numerosos premios. Ninguno de sus títulos posteriores ha obtenido la gran acogida que tuvo Cinema Paradiso tanto entre el público como entre la crítica especializada.

               Decíamos más arriba que se trata de un ejercicio de nostalgia, pero también constituye materia para la memoria. Memoria de la posguerra en una Italia destrozada tras la Segunda Guerra Mundial, como podemos ver en algunas secuencias (como cuando Totó y la madre van a cobrar la pensión tras confirmarse la muerte de su marido en el frente de Rusia); memoria de la sociedad deprimida de aquellos años, donde la opulencia de las formas de vida de algunos privilegiados (los que se sientan en el anfiteatro, en el nivel superior, por contraste con los que ocupan el patio de las sillas que los mismos vecinos deben acarrear a cada sesión) constituye el contrapunto de las penalidades de la mayor parte de los habitantes del pueblo; memoria de unos seres característicos que deambulan por sus plazas sin nada especial que hacer, arquetipos que se encuentran en los pueblos de todos los países: el cacique mafioso, el cura, el loco/tonto…

Partiendo del momento en que la madre de Totó/Salvatore lo llama por teléfono para comunicarle la muerte de Alfredo, el proyeccionista del cine con el que el niño creció a falta de la figura de su padre, la película nos cuenta la vida de Totó, que con los años se ha convertido en un director de cine famoso. Todo el largo flashback que ocupa la mayor parte del metraje nos conducirá al presente, justo al momento en que Salvatore Di Vita (nombre real de Totó) regresa al pueblo para asistir al entierro del amigo de su infancia tras 30 años de ausencia.


Entre el niño de seis años, huérfano de padre, y el proyeccionista del cine del pueblo se había establecido una relación entrañable a partir de unos comienzos difíciles. Ni la madre, viuda de la Segunda Guerra Mundial, ni el proyeccionista quieren que Totó, un pequeño inquieto y espabilado, pase tantas horas en la cabina de proyección del cine, en medio de máquinas y materiales que pueden ser peligrosos. Pero el niño busca incesantemente la compañía de Alfredo, un poco por huir del ambiente triste de la casa familiar y de su madre, un poco buscando en Alfredo una figura que supla la ausencia del padre. Totó lo aprenderá todo en el cine, a través de películas que después se han convertido en clásicos: Los bajos fondos, Charlot, Árbritro, La Diligencia, La tierra tiembla, El extraño caso del doctor Jekyll…. Ilustrativa la escena en que Totó reconstruye diálogos de películas a partir de los fotogramas cortados por Alfredo y que el niño se lleva a su casa. También con los reportajes de moda y los noticiarios, donde tendrá la confirmación de la muerte de su padre en Rusia (hasta ese momento se le consideraba desaparecido). Y hasta el amor, del que los besos apasionados que el cura obliga a Alfredo a cortar, y que constituirán un material impagable para Totó, son la materialización visible hurtada a unos anhelantes espectadores.


Lo que empieza siendo un pasatiempo acabará siendo una pasión. Al principio, Alfredo considera a Totó un estorbo e intenta echarlo de la cabina siguiendo las indicaciones de la madre, pero la permanente presencia del niño hará que lo acabe aceptando y se quede a ver las películas con él. Además, poco a poco irá enseñándole la técnica para operar el proyector, haciéndole consciente de la necesidad de extremar el cuidado en medio de todo ese material inflamable. Desde ese momento, Alfredo ya nos hace una exposición de los primeros tiempos del cine, de cómo se operaba en la cabina con las películas; un tiempo con respecto al cual las máquinas del momento son un enorme avance, que aún mejorará con las películas no inflamables. Y sobre todo (importante para comprender un final entrañable que no desvelaremos aquí para no hacer ningún spoiler), le explicará que las películas deben pasar la censura del cura del pueblo, quien decidirá qué escenas deben ser cortadas del celuloide por “atentar contra la moral” de una sociedad bajo la escrupulosa mirada de la iglesia, omnipresente en ese tiempo; todas bajo un único principio: no mostrar besos en la boca. Como dice el padre Adelfio más adelante: “yo no vengo a ver pornografía”. Después, cuando el Cinema Paradiso se llene de público en cada proyección, todo un muestrario de los habitantes arquetípicos del pueblo, éste abucheará -magnífico tribunal popular- el trabajo de la tijera, que los priva de las escenas más esperadas y tórridas, una práctica habitual en la Italia de los años 50, como también lo fue en España hasta los años 70.

La sala del cine es el escenario donde se desarrolla la vida real. En ella evolucionan los personajes más característicos del pueblo, y se producen situaciones y reacciones que muestran cómo era la Italia de la posguerra: el amor y el sexo (los enamoramientos y los alivios de los jóvenes, o el ejercicio de la prostitución), la lucha de clases (el burgués que escupe con desprecio a los “de abajo” y la reacción posterior de estos), la política (con alusiones expresas al Partido Comunista Italiano), la mafia (en Sicilia no puede faltar un mafioso -y sus secuaces-, asesinado mientras se proyecta un tiroteo en una escena de En Nombre de la Ley), la religión… y los ”efectos” que produjo la dialéctica entre ambas; la cultura, la situación económica (y su consecuencia, la emigración)… Vida y cine comparten un tiempo y un espacio, y para que esa experiencia llegue a un mayor número de vecinos, Alfredo sugerirá a Totó proyectar el gran éxito del momento al que no todos los habitantes han podido entrar (I pompieri di Viggiú) en una gran pared de la plaza, lo que será causa de la desgracia de Alfredo.

La sala de cine también verá pasar el tiempo, y sufrirá accidentes. Ello será motivo para que Totó se convierta definitivamente en parte de la vida de Alfredo. Tras salvarlo del incendio que prácticamente destroza el Cinema Paradiso y en el que Alfredo pierde la vista, Totó será el único capacitado para encargarse de las proyecciones que recomenzarán gracias a la iniciativa de uno de los vecinos (Spaccafico), que invertirá parte de las ganancias obtenidas con la quiniela en su reconstrucción y se convertirá en el propietario del Nuovo Cinema Paradiso (título original del film): hay cosas que cambian, pero la esencia del cine permanece. Entre los cambios más significativos está que Totó ya no cortará las escenas de besos o incluso más atrevidas: Brigitte Bardot podrá ser vista en todo su esplendor en Y Dios creó a la mujer; y Raf Vallone podrá descubrir lascivamente la espalda de Silvana Mangano y recorrerla con un largo y apasionado beso en Anna tras la sensual interpretación que ésta última hace de El Bayón.  En esos años, la función social del cine sigue siendo la misma, y el espacio sigue siendo un lugar de encuentro, de convivencia. La capacidad limitada para satisfacer la demanda del público llevará a Spaccafico, ahora empresario, a buscar una solución para poder proyectar el gran melodrama del momento, Cadenas invisibles, de la que algún espectador, entre lágrimas –como todos- es capaz de repetir los diálogos de memoria; y con la llegada del verano, el traslado del cine al lado del puerto para ver Ulises, tal vez premonitorio del porvenir de Totó. Como decíamos al principio, todo un curso de cine. Los multicines de nuestros días no llenan ni de lejos el vacío que han dejado aquellos templos de la imagen, con sus correspondientes divinidades. Y los espectadores de hoy carecen del sentido de rito y celebración que tenían aquellos adeptos, inocentes participantes en un acto mágico y por ello sagrado.

Esta película tuvo una primera acogida tibia entre el público, lo que fue motivo para que el metraje original de 155 minutos se redujera a 123 ante su lanzamiento mundial, que es la versión que nosotros hemos “proyectado”. (“Proyectar” es lo que hacían Alfredo y Totó en la cabina del cine, con una salida del haz de luz a través de la boca de una exótica y decadente cabeza de león; la tecnología nos permite hoy, si los ordenadores y cañones de proyección no “se oponen”, transportar un pequeño disco de plástico que contiene unas imágenes digitalizadas e insertarlo en un lector de esos discos. Pese a ello, nuestra memoria inconsciente nos lleva a utilizar ese verbo). Posteriormente, Tornatore hizo un nuevo montaje que se fue hasta los 173 minutos. Debido a ese acortamiento, es fácilmente detectable la descompensación entre la primera parte de la película y la segunda. Pasada la infancia de Totó, donde ocurren la mayor parte de los acontecimientos trascendentales para el devenir de los personajes, la juventud y su entrada en la madurez son abordadas con prisa, con unas pinceladas que nos llevan rápidamente a la vida adulta de Salvatore. Su primer amor de juventud, Elena (la hija de un banquero), en su época de estudiante, con la que hace sus primeros intentos tras la cámara (además de un acercamiento al cine documental con escenas de la vida cotidiana), no tendrá continuidad al incorporarse al servicio militar. En esos momentos, Alfredo ejercerá de consejero, compendio de frases de películas como manual de vida.


Como si asistiéramos al regreso a Ítaca de Ulises, un paralelismo que subraya la escena del perro en la plaza desierta (su Argos particular), único ser vivo que acude a recibir a Totó al terminar el servicio militar (historias de otro tiempo para los millennials), en el tiempo transcurrido todo ha cambiado, según le dice un Alfredo desilusionado y abatido. Su estancia en Giancaldo será breve, siguiendo el consejo de Alfredo, que lo anima a dejar atrás todo ese mundo y no mirar atrás si quiere sentirse libre de límites y ataduras para seguir un destino que lo conducirá al triunfo que se merece. Totó le hará caso y se irá, dejando atrás a su familia y a su amigo, con la intención de no volver nunca. Hasta que recibe la llamada de su madre, y siente la necesidad de volver tras 30 años de ausencia, ahora convertido en un director de cine de prestigio, una figura ilustre para sus vecinos, los mismos que lo vieron de niño y lo ven ahora convertido en una celebridad a la que miran con respeto, mientras él los va reconociendo. El mismo día del entierro de Alfredo, juntos, asistirán compungidos a la voladura (no podía ser más violenta la demolición) del cine para ser convertido en un aparcamiento, triste final semejante al que han sufrido miles de salas en todo el mundo, como podemos apreciar en la magnífica investigación fotográfica sobre salas de cine realizada por Simon Edelstein, “Cines abandonados en el mundo” (Editorial Jonglez, 2020). Éste es el principio del final: una despedida del amigo que ya no está, una sucesión de encuentros (entre ellos con la viuda de Alfredo, que le entregará como regalo póstumo un montaje elaborado por su marido con los cortes de las películas censuradas) y descubrimientos, que acabarán en uno de los finales más inolvidables y emocionantes de la historia del cine, síntesis de un arte en el que todo se puede imaginar, pero en el que nada puede sustituir a lo que debe ser visto porque su creador así lo decidió.



               Imposible cerrar esta reseña sin hacer una alusión al tema musical que resuena en mi cabeza durante el tiempo que dedico a escribir estas líneas, como seguro estoy de que lo hace en las cabezas de los que las leen tras haber visto la película. Si bien la música de la película fue compuesta por Ennio Morricone, el tema musical al que me refiero (“tema d’amore”) fue compuesto por su hija Andrea mientras aún estudiaba en el conservatorio. Ambos se hicieron con un BAFTA y un David de Donatello a la mejor banda sonora musical, y es una de las más reconocidas y aclamadas mundialmente. Además de por la banda sonora musical, Cinema Paradiso también recibió numerosos premios internacionales por el guion y la dirección, el montaje, el maquillaje, el vestuario, la fotografía y la espléndida interpretación de Philippe Noiret como Alfredo, que es capaz de crear una complicidad con Salvatore Cascio (el Totó niño) llena de matices y ternura, como por ejemplo en el examen que ambos deben superar en el colegio. Recibió el Gran Premio Especial del Jurado del Festival de Cannes y del Festival de Cine Europeo, además del Globo de Oro a la mejor película extranjera y el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 1989. Toda una cosecha para una película que el paso del tiempo no ha hecho más que mejorar, siendo reconocido como uno de los grandes títulos del cine moderno, un clásico que no nos puede dejar indiferentes. Un ejemplo de que el buen cine no tiene por qué estar alejado del público, y que las grandes historias nos siguen emocionando porque todos nos dejamos seducir ante las profundas emociones del alma. Y eso, ni más ni menos, es el cine.

               Un curso acababa, pero, como dice la canción de Luis Eduardo Aute: “Más cine, por favor/ que toda la vida es cine / que toda la vida es cine / y los sueños, cine son”: Por eso, el nuevo curso nos traerá más cine para seguir soñando.






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jueves, 19 de agosto de 2021

Cine-club del Rodrigo Caro: Barrio (1998), de Fernando León de Aranoa


    


por Juan Gabriel Martínez


¿Qué pueden hacer unos jóvenes de familia humilde, esa añorada y honrada clase media baja que cada vez es más baja y menos media, en una barriada popular de una gran ciudad durante un interminable verano?


    Ese es el punto de partida de la película que proyectamos en nuestro cine-club en el mes de abril. Pese a las limitaciones que el respeto de las medidas de seguridad a causa del COVID nos han impuesto durante todo el curso, tanto los organizadores como un grupo de habituales asistentes del alumnado hemos acudido puntualmente a nuestra cita con el cine con una relativa frecuencia de cada dos meses. La Semana Santa había quedado atrás y un verano incierto se vislumbraba en el horizonte, allá donde acaban las clases (apenas dos meses más tarde) y donde se abre un período de descanso y ocio. Ese período en el que transcurren los días de Raimundo, Javier y Manuel.


    Corren los últimos años de la década de los 90, y en la España del turismo de masas y de la burbuja del ladrillo aún soplan los vientos de un progreso y un bienestar que no han llegado a todos los rincones del país por igual. Eso sí, la época del desarrollismo, iniciada en los años 60, ha dejado ciudades dormitorio de inmensos bloques donde viven centenares de familias que han huido de pueblos buscando en la gran ciudad las posibilidades de mejora que aquellos dejaron de ofrecer. Es el caso del barrio (“pongamos que hablo de Madrid”) donde viven los tres protagonistas de esta tragicomedia, con un presente anodino lleno de sueños sobre un futuro más bien incierto. Los días se suceden entre conversaciones y más conversaciones (¿qué otra cosa pueden hacer?), al fin y al cabo hablar y especular no cuesta dinero. En el salón de los pisos, la televisión es un interlocutor más, llenando silencios y acompañando las vidas de los inquilinos con informaciones sobre un mundo que llega a resultar ajeno y anuncios que presentan como accesible lo que no lo es. La vida es eso que ellos viven cada día, en la calle, durante horas y horas de no poder hacer más que charlar sobre todo aunque no se sepa de nada, por más énfasis que se ponga en las a veces disparatadas afirmaciones. Si en nuestros días todos hemos “sufrido” los efectos del confinamiento por una pandemia mundial, estos tres jóvenes viven otro tipo de confinamiento en sus pequeños pisos y en el entorno del barrio del que tampoco pueden salir, en un momento en el que millones de personas escapan del calor de las ciudades camino de las costas, donde disfrutar de las vacaciones. Pero eso no está al alcance de todos. La tele lo dice, los anuncios de las agencias de viajes lo ofrecen… Y mientras tanto, soñar es gratis.


Como dijo nuestro amigo Marcos, invitado y asistente habitual a nuestro cine-club, que se encargó de hacer la presentación de la película, buen conocedor de estas barriadas, en ella hay muchas cosas; casi podríamos decir que está todo: la amistad, el sexo, la familia; la lucha, el fracaso; el trabajo, la inmigración, el paro; la juventud, la vejez; el dinero, la droga, la delincuencia; la esperanza, la desilusión; el humor, la tragedia. Decíamos más arriba que se trata de una tragicomedia, y convendría explicar un poco esta atrevida afirmación.


A lo largo de sus 94 minutos, como espectadores, asistimos a unos diálogos que, de tan absurdos, nos hacen esbozar una sonrisa, y a veces hasta una carcajada; baste recordar el momento en el que Rai da, con total seguridad, la explicación anatómica del movimiento de caderas tan sensual de las negras al bailar, lo que también las hace especialmente interesantes para mantener sexo con ellas. Son diálogos que no llevan a ningún sitio, en los que cada uno de los amigos sostiene unas opiniones sin argumentos sólidos pero que mantiene firmes sobre cualquier otra. O hacen elecciones sobre conceptos sin soporte real, que pueden llevar a disputas por una “posesión” de algo que no existe. Es divertida la elección de un color de los coches que pasan por la autopista para asignárselos como propios, como si pudieran ser los dueños de esos símbolos de la prosperidad; esa atribución de coches al azar “otorgará” un BMW a Manu, mientras que Rai se sentirá ultrajado porque deciden irse, cansados de esperar, antes de recibir “el suyo”; la cámara sí permanece unos segundos más hasta que aparece el que debía ser el de Rai, pero se trata de una ambulancia, todo un mal augurio, que afortunadamente él no ve. 


En esos intercambios “dialécticos” vamos descubriendo la realidad que hay detrás de cada uno de los personajes, sus preocupaciones y sus proyectos. El instituto queda atrás (los estudios son el camino que los padres ven para que sus hijos prosperen) y los días se hacen interminables sin nada que hacer, como no sea salir de sus casas e intentar pasar el tiempo lo mejor que se pueda, en medio de un agosto ardiente y sin comodidades que lo hagan más llevadero. Los viajes que se publicitan son inalcanzables para unas economías que sobrellevan como pueden el día a día; y las chicas, el deseo acuciante por acercarse a ellas y para el que no tienen estrategias útiles, son un tema más de conversación, si exceptuamos a la hermana de Javi, observada y deseada por sus amigos como un ser sexual, especialmente Rai, algo que a Javi le había pasado inadvertido por tratarse precisamente de su hermana.


En este contexto acaece un hecho aún más absurdo e irrisorio. Como hacer un viaje de ensueño al Caribe, con sus mulatas y todo lo asociado al placer, es irrealizable, uno de los múltiples sorteos ante notario con que se promocionan las marcas, esos que nunca tocan (“¿los notarios existen?”, se llega a preguntar Javi, desconfiado), acaba dando una sorpresa inesperada. Y esa es la causa de que a partir de entonces, en la casa de Rai, haya un nuevo “estorbo” que complete el mobiliario: una moto de agua, el segundo premio del sorteo al que había enviado las tapas de los yogures. La imagen de una moto de agua en una calle de un barrio humilde, observada con curiosidad por el vecindario, nos recuerda eso que en las ciencias paranormales se conoce como un oopart, es decir un objeto desubicado de su tiempo y de su lugar común. Un objeto de lujo que se convierte en un inconveniente por no saber qué hacer con él. ¡Qué extraños designios tiene la suerte! Finalmente, la moto de agua permanecerá en la plaza esperando que alguien la compre (¡y acabará siendo robada!), una imagen inseparable e inolvidable de la película, como apreciamos en el cartel de la misma.


Las noches tampoco ofrecen grandes expectativas. Ante la falta de planes de fiesta y sexo, los tres amigos rebuscan entre la basura todo tipo de objetos, y se conformarán con crear un rincón con objetos desechados. Allí organizarán una fiesta de cumpleaños a Manu, donde faltan, una vez más, las chicas: la cajera del supermercado, que gusta a Javi; la mulata que vigila a niños pequeños en el parque, que gusta a Manu, o la hermana de Javi, que gusta a Rai, además de sus amigas. La silueta en cartón de una mulata en bikini de tamaño real, robada de una agencia de viajes junto con las palmeras, será lo más parecido a una chica en esa fiesta, y por bailar con ella se enfrentarán Manu y Rai, con lamentable final para la silueta.


Los tres amigos pertenecen a familias a las que la vida ha golpeado con desgracias diferentes. Así, Manu vive solo con su padre (que ha perdido el trabajo y se ha encerrado en casa para ocultar su vergüenza), ya que su madre falleció, y el hermano ausente nunca viene porque “sus obligaciones se lo impiden”. En el piso de Javi conviven más personas: el abuelo, con quien comparte el dormitorio, aislado en su mundo, donde sólo parece tener interés por el vecino del piso cuyo baño se ve al otro lado del estrecho patio de luz, y que resulta ser un policía desconfiado; el abuelo ni habla ni oye, por lo que parece que no le afecten las continuas peleas entre su hija y su yerno, autónomo que no tiene faena durante el verano, lo que supone una falta de ingresos preocupante, hundido en un mal humor permanente que descarga sobre su suegro, un motivo más de discordia entre él y su mujer a la hora de la comida. Reproches habituales como el pan que nunca ha de faltar a la mesa; completa la familia la hermana, joven y atractiva, que vive una vida de la que apenas se sabe nada, especialmente los padres. De la familia de Rai poco sabemos, a excepción de su hermano, el único que tiene una ocupación remunerada, como guardia de seguridad nocturno. Resulta para los tres jóvenes un modelo envidiable: trabajo bien pagado que le permite ir de vacaciones, con una novia que está buena y con la que mantiene relaciones sexuales, un arma reglamentaria… Para Rai es un motivo de orgullo y presume de eso ante sus amigos.


Como vemos, las actitudes ante la vida de cada uno de ellos, sus caracteres, son marcadamente distintos. En términos actuales podríamos decir que Manu mantiene una actitud más realista y proactiva que sus amigos. Su intento por obtener dinero de una forma legal lo llevará a aceptar un trabajo que no está en condiciones de realizar: repartir pizzas sin tener una moto, para lo cual tendrá que mentir al responsable de la pizzería. Si bien los primeros repartos se saldan con el descontento de los clientes (las pizzas llegan frías debido al tiempo empleado en llevarlas… en transporte público), acabará siendo despedido, aunque antes de eso, estos desplazamientos le permitirán conocer algo que le oculta su padre: la realidad del hermano ausente, en un descenso a un infierno de seres marginales olvidados de la sociedad en un paso por debajo de las vías del tren, una escena que nos recuerda a Ben-Hur descubriendo a su madre y su hermana en una leprosería. Allí encontrará a su hermano, rodeado de drogadictos, reducidos a despojos. Esta secuencia, junto con la de la estación “fantasma” del metro (una estación abandonada de una línea por la que ya no transita ningún tren, de la que Manu había oído hablar a su padre, conductor antes de perder el trabajo), poblada de gente que malvive sin hogar, nos muestra el submundo de los perdedores que la sociedad prefiere invisibilizar. El golpe de realidad que este encuentro supone para Manu lo acercará a su padre: al hacerle saber que ha descubierto la verdad sobre su hermano, establece con él una complicidad expresada en un intercambio de alusiones compartidas y gestos recíprocos, como el de ofrecerle el primer y último sueldo que ha recibido de la pizzería, adonde ya no volverá.


Por su parte, Javi se ha amoldado a la incomodidad de su día a día. Se trata del más conformista, que acepta las condiciones en las que vive y no se desazona por un presente que parece llevadero, susceptible de prolongarse en un futuro similar. En las querellas que se plantean entre los amigos, mantendrá una actitud contemporizadora, más preocupado de sí mismo que de los pleitos y discusiones de Manu y Rai; pero también da muestras de una mayor sensibilidad ante los problemas de estos. Esa misma actitud de observador distante e inalterable es la que mantiene con respecto a su familia, pero no es consciente de la magnitud de los problemas y de lo que realmente hay detrás de cada uno de ellos: la vida secreta de su hermana, la condición real de su abuelo, que tal vez no sea lo que parece, o la crisis galopante en la relación entre sus padres, que desembocará en la salida del padre del hogar conyugal tras ser denunciado por la madre por maltrato. Tras ser detenido por la policía, el padre deberá instalarse en la furgoneta aparcada en la plaza, inutilizada hasta entonces. Este hecho conllevará un cambio en las relaciones entre los miembros de la familia, introduciendo una humanidad hasta entonces inexistente, lo que implica que Javi y Susi, la hermana, no se vean obligados a hacer una elección entre padre y madre.


Tampoco sabrá ver, como nadie a su alrededor, lo que late y lo que se cuece en la cabeza incansable de Rai, su tendencia al peligro, su intento desesperado por salir de ese mundo. Éste es el más inquieto, el inconformista, el que desea una posición de poder y lujo, y para ello no duda en asumir riesgos. No obstante, el carácter inquieto de Rai, su insatisfacción permanente, lo llevan a acometer acciones poco morales o directamente ilegales. La película nos lo muestra en algunas escenas como un funambulista sobre un fino cable estirado en el suelo, fingiendo que realiza unos equilibrios mortales por los que siente admiración. Lástima que esa imagen lo sea también de su vida. A partir de la segunda mitad del film, Rai irá cobrando protagonismo. De él parten iniciativas para conseguir dinero (ya sabíamos que se quedó con el que su padre tenía en el pantalón), como plantear a sus colegas llevarse las flores de las tumbas del cementerio para venderlas en los bares; o los robos que perpetran en la agencia de viajes para hacerse con la decoración caribeña, y en la tienda de trofeos, por el simple hecho de tenerlos; además, mantiene contactos con un individuo mayor desconocido, que se acerca por el barrio buscándolo en repetidas ocasiones. Éste será la causa de que la policía lo detenga por posesión de drogas, motivo por el que se había puesto en contacto con el menor: a cambio de 30.000 pesetas, al ser menor de edad su condena será corta, y él lo acepta. Pese a ello, su nobleza queda patente en cómo evita a su familia el disgusto de saber que va a pasar 24 horas en comisaría. De la misma manera que, al salir, celebrará el reencuentro con sus colegas compartiendo con ellos sus beneficios en una noche de fiesta. Con todo, la vista del amigo cacheado y detenido por la policía, es algo difícil de asimilar, e introduce ya en Javi y Manu, la sospecha sobre las turbias relaciones de Rai.


Detrás de esa sucesión de variopintos diálogos entre los tres amigos, hay un silencio trágico, una colección de personajes secundarios que apenas hablan, porque el peso de la película recae obsesivamente en las idas y venidas por una gran ciudad de estos tres aventureros sin aventura, héroes sin epopeya, jóvenes sin futuro. No podemos dejar de quererlos y compadecernos de ellos.

Los tres protagonistas fueron escogidos en un amplio casting en el que participaron jóvenes con experiencia artística y otros que no la tenían. Tras el éxito de la película, dos de ellos, Críspulo Cabezas (Rai) y Eloi Yebra (Manu) han tenido una carrera cinematográfica; no así Timy Benito (Javi), que prefirió seguir otro camino. Ninguno de ellos era consciente en aquel momento de lo que acababan de hacer; de hecho, años más tarde reconocerían que no estaban seguros de su trabajo, entre otras cosas por las riñas que les echó en alguna ocasión Fernando León de Aranoa. Se lo pasaron bien y disfrutaron del momento, especialmente en el Festival de San Sebastián, Pero se quedaron sorprendidos de la gran acogida del público al terminar el pase de la película, del que se esperaban algunas risas y carcajadas, y poco más. Sólo después se dieron cuenta de la película que habían hecho, lo que llevó a Críspulo Cabezas a decirse: “¡Dios, qué peliculón es Barrio!”, según contaba en Fotogramas 20 años más tarde. Marieta Orozco, que interpreta a Susi, se hizo con el Goya a la mejor actriz revelación, lo que le permitió seguir una carrera artística con papeles importantes, como el de Inés Alcántara en la popular serie de RTVE “Cuéntame”, serie en la que también participaron algunos otros actores del film, como el mismo Críspulo Cabezas o Lluvia Rojo. Fernando León de Aranoa se rodeó de un amplio elenco de actores veteranos con prestigio, grandes secundarios que dieron la réplica a los jóvenes protagonistas para conseguir un film casi perfecto, un docudrama en palabras de Carlos Boyero. Por ello conviene destacar los papeles mínimos pero elogiables de Francisco Algora, Alicia Sánchez (ambos candidatos al Goya a mejor interpretación de reparto en categoría masculina y femenina), Ricardo Villén, Pepo Oliva o Chete Lera. No obstante, el gran mérito de la película recae en Fernando León de Aranoa, quien con este su segundo largometraje acaparó los Goyas de ese año a mejor dirección, mejor guion adaptado y mejor película. A este palmarés hay que añadir la Concha de Plata del Festival de San Sebastián al mejor director, y la Mención Especial del Jurado en ese mismo festival. También obtuvo la medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos al mejor director, además del premio Alma Rosa como mejor película, entre otras distinciones. Fue sin duda el principio de una exitosa carrera que lo ha llevado a realizar siete películas más, todas ellas ampliamente reconocidas y valoradas, como Los lunes al sol, Princesas, o Un día perfecto, además de tres documentales.


Para terminar, me gustaría citar la letra de uno de los temas musicales de la película. ¿Qué mejor grupo que Extremoduro para ilustrar con sus letras la vida, el ambiente y las esperanzas de estos seres desahuciados? De hecho, es el tema con el que se cierra la película tras un trágico desenlace que se intuía que podía llegar y que es el triste destino de muchos jóvenes, como consecuencia accidental e inesperada de un cúmulo de circunstancias. Ante la pregunta “¿cuánto más necesito para ser Dios?” que nos lanza Extremoduro, se nos queda un nudo en la garganta, un nudo que acompaña ese momento de recogimiento personal que dejamos pasar al final de cada una de las películas que proyectamos. Los jóvenes que hemos visto evolucionar, dentro de sus vidas ordinarias y tristes, se conforman con muy poco, si lo contemplamos fríamente: dinero, chicas, éxito. Y en su ingenuidad (porque nadie puede dudar de la ingenuidad que late en estos personajes tiernos y sensibles) creen que es sólo un poco de suerte lo que necesitan. No saben que para ser dios hace falta mucho más de lo que los seres humanos podemos conseguir. Ese dios materialista forma parte de una esfera que no les pertenece y a la que sólo se accede por vías poco recomendables. Los simples mortales sólo aspiramos a ser felices dentro de nuestra cotidianidad.


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domingo, 4 de abril de 2021

Cine-club del Rodrigo Caro: Adiós, muchachos (1987) de Louis Malle

por Juan Gabriel Martínez

    De nuevo se abrieron las puertas de nuestro cine-club el 27 de enero en este curso tan difícil debido a la pandemia. Y la ocasión bien lo merecía, pues se trataba de un joven clásico de uno de los grandes directores franceses del siglo XX. 

    A partir de sus recuerdos de infancia y de unos pocos elementos, Louis Malle nos presenta unos hechos que, no por sabidos dejan de conmovernos: unos jóvenes, un internado y como telón de fondo, la persecución que sufrieron judíos y otros colectivos por parte del régimen nazi y sus colaboradores en Europa desde mediados de los años 30 del siglo pasado hasta la derrota de Alemania y sus adláteres europeos el 8 de mayo de 1945. Lamentablemente, esa victoria de los aliados, como todo el mundo sabe, llegó tarde para los aproximadamente seis millones de judíos y de otros grupos étnicos que perdieron la vida en los campos de exterminio que los criminales nazis crearon en Europa central y del este durante esos aciagos años. 

    Alguien podrá pensar que ya se ha escrito y filmado mucho sobre el Holocausto (la Shoah en hebreo), pero la magnitud de aquella vergüenza para la humanidad nunca dejará de ser suficientemente recordada, no sea que algunos la olviden. O lo que es peor, que la frivolicen, y que la relectura que ciertos “historiadores” hacen de aquellos acontecimientos acabe anestesiando la capacidad de horror de los seres humanos civilizados, entre los que quien escribe, y sin duda quienes lo leen, cree encontrarse. Por ello es necesaria esta película, como otras grandes obras que abordan el mismo tema desde otros ángulos y estilos diferentes, desde el casi documental de Vencedores o vencidos, de Stanley Kramer (Judgement at Nuremberg, 1961) hasta La lista de Schindler, de Steven Spielberg (Schindler’s List, 1993), pasando por El diario de Ana Frank, de George Stevens (The Diary of Anne Frank, 1959), por citar sólo películas basadas en vidas reales (no quiero decir “hechos reales”, ya que cualquier ficción que narre esa época está basada en hechos terrible y lamentablemente reales).

    Volviendo al film que nos ocupa, nos sorprende el tono sobrio, seco, casi frío, con que Malle nos cuenta el transcurso de esas semanas en un internado carmelita en la Francia ocupada y colaboracionista de 1944. Al volver al internado, tras las vacaciones de Navidad, Julien Quentin y sus compañeros se van a encontrar con la incorporación de tres chicos nuevos sobre los que apenas reciben información. En principio, la relación con los tres nuevos no es muy diferente de lo que ocurre tradicionalmente en colegios e institutos: novatadas, bromas; y sobre todo curiosidad. Estos, por su parte, mantienen un cierto distanciamiento con los chicos del internado, mezcla de desconfianza y recelo. Los veteranos estudian a los nuevos, sopesando quién puede ser incorporado al grupo. 


    Entre clases y juegos se desarrolla una vida casi normal, aunque a veces alterada por la presencia de soldados nazis, milicias colaboradoras y por bombardeos que obligan a buscar refugio en el refugio subterráneo. Julien va viendo crecer su curiosidad por Jean Bonnet, uno de los recién llegados, ante el recelo de éste, que intenta mantener la distancia que preserve su secreto. Y de esa manera, una noche Julien descubrirá que Bonnet realiza un extraño ritual: tocado con una kipá, reza en otra lengua. En sus pesquisas, Julien descubrirá que el verdadero apellido de Jean es Kippelstein. Y de esa manera, su inicial desconfianza respecto el recién llegado se irá transformando en amistad. Julien es un niño de 13 años que aún conoce poco el mundo de los mayores, y ha vivido ajeno al problema de los judíos hasta ese momento, pero el encuentro con su nuevo amigo le hará interesarse por él y por su pueblo, enfrentándose por primera vez a una situación a la que muchos adultos parecen ser ajenos. 



    Por su parte, los sacerdotes del internado, en especial el director, el padre Jean, adoptan un papel protector con los tres jóvenes. Desde el principio, vemos el interés que ponen en la integración de Jean Bonnet, Negus y Dupré, y queda patente para los espectadores que los sacerdotes no tienen la actitud obediente y sumisa de la mayoría de la sociedad francesa. Una sociedad que confiaba en el complaciente régimen de Vichy, a cuya cabeza estaba el antiguo héroe de la Primera Guerra Mundial, el mariscal Pétain, y que congregaba tras su figura a muchos franceses que tenían depositadas en él todas sus esperanzas: si el héroe había adoptado esa actitud, debía ser bueno para Francia. Pero el carácter falso de esa “independencia” quedó de manifiesto cuando el régimen de Vichy cae y los nazis se hacen con las riendas del poder en todo el territorio. Ese es el destino que esperaba a la Francia colaboradora, temerosa de peores consecuencias si se enfrentaba a un poder político y militar superior al suyo. Sólo el general De Gaulle, desde Gran Bretaña, fue capaz de despertar a la nación, o tal vez sólo a una parte, para que sus compatriotas recuperaran la dignidad y se rebelaran contra los ocupantes. A partir de ahí, una Resistencia clandestina se organiza, con intelectuales comunistas a la cabeza (Sartre, Camus) en el interior, y con la integración de soldados franceses de diferentes orígenes (incluidos los españoles integrados en la División Leclerc) en los ejércitos aliados en el exterior. 

    En esa Resistencia del interior es en la que milita el padre Jean, que asume como una responsabilidad la militancia y la protección de los tres adolescentes judíos. Se trata de un hombre severo, adusto, justo, bondadoso. Su vida está dedicada a la educación de los jóvenes, una actividad que debe ser integral y en la que la ética, al margen de su religión, debe tener un papel preponderante. ¡Cómo se nos olvida a menudo, a alumnos y docentes, ese componente ético! Lamentablemente, hay aún muchas personas que ven la enseñanza como un mero acto de adquisición de conocimientos, sin comprender que la acumulación de estos, sin un soporte moral, humano, ético, es tan sólo un castillo de naipes que se desmoronará al menor envite. Los sacerdotes del internado carmelita (¡qué afortunada casualidad que sea la orden fundada por Teresa de Ávila y Juan de la Cruz la titular de ese internado, que lleva el nombre de éste último!) han asumido su papel y han tomado partido, pues no hacer nada los volvería cómplices de un crimen universal, como fue el caso de muchos que en esa primera mitad del siglo XX prefirieron mirar hacia otro lado y no saber nada, actitud que sigue presente en muchos conflictos de hoy en día. Con sus luces y sus sombras, el catolicismo muestra aquí su rostro más benefactor y humanista, tras la escolástica de Santo Tomás de Aquino, presente en algún diálogo filosófico de los mayores en el recreo. 

    He ahí una de las grandes enseñanzas de este film imprescindible: el dolor, el sufrimiento, la persecución de los justos no pueden sernos ajenos, vengan de donde vengan y afecten a quienes afecten. Julien lo comprende rápido, al igual que su hermano mayor, y en un momento crucial de la película darán muestras de valor e iniciativa al enfrentarse a las milicias colaboracionistas que mantienen el orden y buscan a judíos para detenerlos y deportarlos a los campos de concentración. Su gesto de dignidad defendiendo a un señor mayor judío en un restaurante se ve secundado por el resto de clientes del restaurante. Un momento que hace pensar en el duelo musical que tiene lugar en el Rick’s Café de Casablanca, cuando los franceses y demás refugiados que se congregan en ese café de la ciudad marroquí responden con una inflamada interpretación de La Marsellesa al canto de los oficiales nazis. 

    Pero como ya nos advirtió Hannah Arendt, el mal es banal y anida en los corazones de pobre gente mediocre. La miseria económica, la humillación cotidiana, la codicia, la envidia, son el caldo de cultivo perfecto para que el más insignificante de los seres caiga en la miseria moral y sea capaz de los crímenes más abyectos. Ejemplos así ya hemos tenido la desgracia de ver en innumerables conflictos, y en esta película es Joseph, el asistente de cocina expulsado tras ser pillado en su mercado negro con los internos, el que, en venganza, va a desencadenar la tragedia. También él ha sido injustamente tratado, pero, ¿acaso la discriminación de que es víctima justifica la vileza de su acción? Para él sí, porque “hay una guerra, chico”. 


    Como ya hemos dicho al principio, Louis Malle se basó en sus experiencias de infancia, y la película constituye un homenaje a las víctimas de un episodio similar vivido por el propio director. De ello deja constancia la voz en off con la que se cierra la película a modo de epílogo. Para no hacer un spoiler, sólo citaré las últimas palabras: 

“Han pasado más de 40 años, pero recordaré cada segundo de esa mañana de enero hasta el día de mi muerte”. 

   
  Adiós, muchachos acaparó un buen número de premios César, el mayor premio de la cinematografía francesa, equivalente a los Goya del cine español, o los BAFTA del cine británico. De hecho, fue nominada en algunas de las categorías de estos últimos (mejor película, mejor película extranjera, mejor director y mejor guion original), así como a los Globos de Oro (mejor película en lengua no inglesa) y a los Óscar (en esa misma categoría, y en la de mejor guion original para la pantalla). Pero fue en los César franceses donde barrió: de las 9 categorías en las que estaba nominada, consiguió 7, incluidos el de mejor película, mejor guion y mejor director. Sólo uno de sus jóvenes protagonistas estuvo nominado como actor revelación: François Négret, el asistente de cocina delator. A ellos hay que sumar el León de Oro a la mejor película en el Festival de Venecia o el David de Donatello (el equivalente italiano a los César) como mejor película extranjera. Finalmente, como una muestra más de los muchos valores que esta película encarna, mencionaremos el hecho de que el British Film Institute la incluyó en 2005 en la lista de las 50 películas que un joven debería ver a los 14 años. He ahí un motivo más para haberla escogido para nuestro cine-club. 

    En el momento de su estreno fue uno de esos raros casos de éxito de público (incluso con una altísima recaudación en América del Norte) y de crítica, que la aclamó desde el principio. Pero es sin duda en la consistencia y sensibilidad de la historia, así como en sus virtudes técnicas, donde la película se mostró más sólida, como demuestra que el guion del propio Louis Malle estuviese nominado en tantos premios internacionales. Tal fue el éxito del mismo que fue publicado de forma independiente ese mismo año por Éditions Gallimard

    Louis Malle, que fue uno de los miembros más insignes de la nouvelle vague (el movimiento cinematográfico que tal vez haya resultado más influyente en el cine mundial en la segunda mitad del siglo XX, y en el que se encontraron Claude Chabrol, François Truffaut, Jean-Luc Godard, Éric Rhomer o Agnès Varda, entre otros), ya había iniciado una breve etapa en Estados Unidos, donde dirigió 5 películas (tal vez la más conocida sea Atlantic City, 1980) y 2 documentales, y con esta película regresó a Francia, donde aún dirigió 3 películas más antes de su fallecimiento en 1995 a los 63 años de edad. Aunque su estilo evolucionó desde los primeros postulados de la nouvelle vague, en lo esencial se mantuvo fiel a su concepción del cine: el poder de la “mirada” a través de la cámara, la ausencia de música de fondo en las escenas, las referencias culturales y cinematográficas explícitas (encantadora la sesión de cine en el internado, con la proyección de The Immmigrant, cortometraje de Charles Chaplin de 1917), el tono narrativo objetivo al presentar los hechos, la consideración de la soledad humana en la sociedad burguesa del siglo XX, las resonancias de las experiencias personales en las historias, el distanciamiento respecto a los sentimientos expuestos y la importancia dada al montaje para narrar los hechos de forma lineal. 

    Y para nosotros también fue un pequeño éxito contar con la presencia de algunos estudiantes, con los que, al finalizar la proyección, pudimos mantener un breve coloquio. El toque de queda estaba al acecho y sin duda hubiéramos podido hablar mucho más tiempo sobre muchos aspectos y temas de la película: historia, filosofía, moral, humanidades… Y sobre nosotros, jóvenes actuales y jóvenes pasados, que descubrimos la amistad al mismo tiempo que nos asomamos por primera vez a la vida en la adolescencia. Y también descubrimos el dolor y la tragedia, reflejada en el silencio que envuelve las miradas de Julien y Bonnet. Un final potente que huye de melodramas, pero que nos deja la imagen de una lágrima a punto de brotar de los ojos de Julien.
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domingo, 10 de enero de 2021

Cine-club del Rodrigo Caro: El Sur (1983) de Víctor Erice

     

por Juan Gabriel Martínez

           El martes 27 de noviembre parecía que todo volvía a la normalidad en el cine-club del Rodrigo Caro. Tras un parón de nueve meses, por fin nos podíamos reunir para ver la película que se aplazó indefinidamente en el mes de marzo, que no era ni más ni menos que El sur. La llegada abrupta y feroz de la pandemia interrumpió nuestra programación sin que diera tiempo a ver ese ya clásico del cine español, de uno de nuestros grandes directores, no tanto por la extensión de su obra (que componen sólo tres largometrajes como director, además de cortos y colaboraciones, algunos guiones y alguna interpretación como actor) como por la calidad de los títulos que ha dejado para la historia cinematográfica de España.

                Efectivamente, en nuestra programación procuramos reservar un hueco para la filmografía europea, y para la española en particular, y creíamos que podía ser el momento de ofrecer a nuestros potenciales espectadores (aún siguen siendo pocos, pero no desesperamos en el intento de llegar cada vez a más) esta obra singular, como singulares son también los otros dos títulos de Víctor Erice: El espíritu de la colmena (1973) y El sol del membrillo (1992). El común denominador de las obras que pretendíamos ver en el segundo trimestre del curso pasado era la mirada que sobre la infancia y la adolescencia habían tenido algunos grandes realizadores. Éste es un tema que Erice ya había abordado en su primer trabajo, con el que ya obtuvo el reconocimiento internacional como director en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián de 1973 por la mencionada El espíritu de la colmena. En esta su segunda película vuelve a adoptar el punto de vista de una niña, Estrella, que crece fascinada por la misteriosa figura del padre, hasta convertirse en una adolescente, con una elipsis temporal de siete años desde el momento en el que descubre lo que el padre le ha ocultado tanto tiempo. Transcurrido ese tiempo, se le presentará el momento de abordar ese episodio, que no es ni más ni menos que el secreto que siempre pretendió descubrir y que era más prosaico de lo que ella creía. El desencanto que produce en ella la falta de sinceridad del padre coincide con la desesperación de él; el encuentro con el que pretendía recuperar la relación con Estrella se ve trastocado y lo altera sobremanera, tras lo cual se ve solo y desamparado.



Ante la mirada de esta niña se desarrolla la vida de un hombre huraño, extraño y tierno a la vez con su hija, pero también impenetrable, con una pasado misterioso y poseedor de un secreto que la niña desconoce y que se nos revelará a la vez que a la hija.

Por lo que acabamos de decir, podríamos pensar en un juego de espejos, ya que no se trata tanto de la visión que el director pueda tener de la infancia, sino de la idea que el director puede tener de cómo ve la vida de los adultos una niña, encerrada en una casa de las afueras de una ciudad del norte de España (“La Gaviota”) adonde el padre, médico de profesión y zahorí aficionado, acabó trasladándose con toda la familia huyendo de algo, y en un mundo de adultos que no comprende pero que con los años irá descubriendo. Ante sus ojos se desenvuelven los adultos: la madre, maestra represaliada por el régimen franquista, que lleva una vida triste y sin ilusión, la criada que vive con ellos y que es quien realmente se ocupa de la casa; la abuela y su criada, procedentes de ese lejano sur con el que la niña sueña, y que durante su breve estancia aportan algo de novedad y alegría al hogar; y cómo no, su padre, el centro de interés de Estrella. El sur, lugar de origen de la familia paterna, se configura como una meta, como el lugar en el que la vida podría ser diferente.



                La perseverancia de Estrella la hará descubrir el gran secreto de su padre, aquello que lo hizo feliz en un tiempo lejano y que ocho años más tarde pretende recuperar: una antigua relación extraconyugal con una actriz de segunda fila. El rechazo de ésta lo sumirá en la tristeza y a la larga va a ser la causa de su desgracia. En su desesperación, una tarde abandonará la casa con la intención de reencontrarse con ella, pero finalmente, tras pasar la noche en un triste hotel, volverá con su familia. El regreso a la casa familiar va acompañado de un cambio más profundo en el estado de ánimo del padre y en la relación con la hija, que ya ha dejado de idealizarlo.

No obstante, Estrella sigue soñando con el sur, ese lugar idealizado, esa Arcadia (como el nombre del cine de la ciudad, donde descubre que la Irene Ríos que su padre dibuja es en realidad una actriz secundaria), en aquella España de posguerra, pero que aún no está al alcance de la protagonista, instalada en una geografía que no le dice nada (como a ninguno de los personajes que viven en esa casa de “la frontera”, denominación que el padre da al camino que conduce a ella). Esa ciudad del norte a la que en ningún momento se nombra no es más una estación de paso hacia un lugar más luminoso y feliz, por contraposición al norte de días oscuros y melancólicos (en la película se omiten los veranos; los recuerdos de Estrella con los que se construye la trama corresponden a días de otoño o invierno, excepto los de su primera comunión). Sólo los días previos a la comunión de Estrella suponen un período de efímera felicidad. Pasada ésta, cuando el coche con la abuela y la chacha se aleja, la languidez vuelve a instalarse en la casa. La nostalgia por la felicidad perdida antes incluso de haberla conocido. Ese es el recorrido que Estrella hará desde la niñez hasta la madurez, y que habrá de llevarla algún día a ese sur anhelado y que recrea en su mente a través de postales.

                La historia que Víctor Erice y Elías Querejeta querían contar hubiera debido tener tres partes. Narrada por la voz en off de Estrella y partiendo de un flash back tras la muerte de Agustín, el padre, la película nos transporta a un período de la infancia de la narradora, cuando tenía ocho años; la segunda parte nos sitúa en su adolescencia, siete años más tarde, momento en el que se produce el desenlace de la película. Y finalmente, una tercera etapa de la vida de Estrella que hubiera debido ser filmada en la continuación de la película, la habría situado en Carmona, en el Sur, siendo ya Estrella una mujer madura y adonde habría llegado para terminar de reconstruir el pasado de su padre y tomar el contacto con el hijo que éste tuvo con Laura, la mujer real que hay tras el nombre artístico de Irene Ríos. Tanto director como productor contemplaban esa segunda parte, pero por problemas de financiación se vio retrasada; y cuando fue financieramente posible, visto el éxito de la primera desistieron de hacer la segunda, por temor a que desmereciera de la primera.

                El ambiente que muestra la película, el sentimiento que transmite, son tremendamente tristes, pero de una belleza extraordinaria. Cada imagen, cada plano, se van encadenando según un plan preciso para hacernos ver el transcurrir del tiempo. La luz, ese elemento tan característico de las películas de Erice, se erige en la auténtica protagonista de la película para hacernos comprender la languidez, la melancolía con la que se suceden los días en ese pequeño mundo de la casa de Estrella. En esa estética tenebrista (se diría a veces que estamos ante un cuadro de Rembrandt, viendo cómo un rayo de luz se desplaza y crece en una pared), los días se suceden casi idénticos, pero la historia avanza hacia un final que no puede ser nada más que trágico. Ese uso de la luz en la fotografía es lo que ya había valido a Erice el reconocimiento en su primera película, y que habría de adquirir su plenitud en la última, El sol del membrillo, en la que se convertirá en la auténtica protagonista.


                Además de la magnífica fotografía de José Luis Alcaine, no podemos dejar de mencionar la música elegida para la banda sonora. La Danza Andaluza de Granados o el pasodoble En er mundo, llenan de sensibilidad y sugerencias las pocas secuencias en los que se oyen. Todos esos elementos artísticos (fotografía, música, ambientación) no hacen sino resaltar un guion del que es autor el propio Víctor Erice, a partir de una novela corta de Adelaida García Morales, en aquellos años pareja del director, que aún no había sido publicada y que lo fue posteriormente al estreno de la película. Digamos, para terminar, que el productor fue uno de los grandes nombres de la historia del cine español: Elías Querejeta, que igualmente había producido la primera película de Erice, así como otros grandes títulos, como Peppermintfrappé, Ana y los lobos, A un dios desconocido, Tasio, Historias del Kronen, Barrio y un larguísimo etcétera.

                La película como tal tuvo un enorme éxito de crítica. Fue muy bien recibida en el Festival de Cannes de 1983 y recibió numerosos galardones en Chicago y Sao Paulo, pero lamentablemente no es uno de los filmes más vistos por el público español, poco aficionado a dramas de este tipo, formalistas e intimistas.

                En estos tiempos de confinamiento y distancia, ese martes de otoño, en la penumbra del SUM en donde nos habíamos reunido para la ocasión, observando las necesarias medidas de protección, en silencio absoluto e inmersos por completo en la historia que se desarrollaba ante nuestros ojos, los que allí estábamos disfrutamos compartiendo aquella experiencia cinematográfica que nos acercaba de nuevo a la normalidad de antes de la pandemia. Cuando los títulos de crédito de la película terminaron de pasar y volvimos a encender las luces, costaba trabajo romper el silencio y expresar nuestras emociones, o al menos eso me ocurrió a mí. Una historia tan simple y profunda apenas dejaba margen para añadir algo más que pudiera romper su encanto, “el espíritu de El sur” nos había sobrecogido a los allí presentes. Y nosotros nos creímos que todo volvía a ser como antes…

                

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