El blog de la Biblioteca del IES Rodrigo Caro de Coria del Río

domingo, 10 de enero de 2021

Cine-club del Rodrigo Caro: El Sur (1983) de Víctor Erice

     

por Juan Gabriel Martínez

           El martes 27 de noviembre parecía que todo volvía a la normalidad en el cine-club del Rodrigo Caro. Tras un parón de nueve meses, por fin nos podíamos reunir para ver la película que se aplazó indefinidamente en el mes de marzo, que no era ni más ni menos que El sur. La llegada abrupta y feroz de la pandemia interrumpió nuestra programación sin que diera tiempo a ver ese ya clásico del cine español, de uno de nuestros grandes directores, no tanto por la extensión de su obra (que componen sólo tres largometrajes como director, además de cortos y colaboraciones, algunos guiones y alguna interpretación como actor) como por la calidad de los títulos que ha dejado para la historia cinematográfica de España.

                Efectivamente, en nuestra programación procuramos reservar un hueco para la filmografía europea, y para la española en particular, y creíamos que podía ser el momento de ofrecer a nuestros potenciales espectadores (aún siguen siendo pocos, pero no desesperamos en el intento de llegar cada vez a más) esta obra singular, como singulares son también los otros dos títulos de Víctor Erice: El espíritu de la colmena (1973) y El sol del membrillo (1992). El común denominador de las obras que pretendíamos ver en el segundo trimestre del curso pasado era la mirada que sobre la infancia y la adolescencia habían tenido algunos grandes realizadores. Éste es un tema que Erice ya había abordado en su primer trabajo, con el que ya obtuvo el reconocimiento internacional como director en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián de 1973 por la mencionada El espíritu de la colmena. En esta su segunda película vuelve a adoptar el punto de vista de una niña, Estrella, que crece fascinada por la misteriosa figura del padre, hasta convertirse en una adolescente, con una elipsis temporal de siete años desde el momento en el que descubre lo que el padre le ha ocultado tanto tiempo. Transcurrido ese tiempo, se le presentará el momento de abordar ese episodio, que no es ni más ni menos que el secreto que siempre pretendió descubrir y que era más prosaico de lo que ella creía. El desencanto que produce en ella la falta de sinceridad del padre coincide con la desesperación de él; el encuentro con el que pretendía recuperar la relación con Estrella se ve trastocado y lo altera sobremanera, tras lo cual se ve solo y desamparado.



Ante la mirada de esta niña se desarrolla la vida de un hombre huraño, extraño y tierno a la vez con su hija, pero también impenetrable, con una pasado misterioso y poseedor de un secreto que la niña desconoce y que se nos revelará a la vez que a la hija.

Por lo que acabamos de decir, podríamos pensar en un juego de espejos, ya que no se trata tanto de la visión que el director pueda tener de la infancia, sino de la idea que el director puede tener de cómo ve la vida de los adultos una niña, encerrada en una casa de las afueras de una ciudad del norte de España (“La Gaviota”) adonde el padre, médico de profesión y zahorí aficionado, acabó trasladándose con toda la familia huyendo de algo, y en un mundo de adultos que no comprende pero que con los años irá descubriendo. Ante sus ojos se desenvuelven los adultos: la madre, maestra represaliada por el régimen franquista, que lleva una vida triste y sin ilusión, la criada que vive con ellos y que es quien realmente se ocupa de la casa; la abuela y su criada, procedentes de ese lejano sur con el que la niña sueña, y que durante su breve estancia aportan algo de novedad y alegría al hogar; y cómo no, su padre, el centro de interés de Estrella. El sur, lugar de origen de la familia paterna, se configura como una meta, como el lugar en el que la vida podría ser diferente.



                La perseverancia de Estrella la hará descubrir el gran secreto de su padre, aquello que lo hizo feliz en un tiempo lejano y que ocho años más tarde pretende recuperar: una antigua relación extraconyugal con una actriz de segunda fila. El rechazo de ésta lo sumirá en la tristeza y a la larga va a ser la causa de su desgracia. En su desesperación, una tarde abandonará la casa con la intención de reencontrarse con ella, pero finalmente, tras pasar la noche en un triste hotel, volverá con su familia. El regreso a la casa familiar va acompañado de un cambio más profundo en el estado de ánimo del padre y en la relación con la hija, que ya ha dejado de idealizarlo.

No obstante, Estrella sigue soñando con el sur, ese lugar idealizado, esa Arcadia (como el nombre del cine de la ciudad, donde descubre que la Irene Ríos que su padre dibuja es en realidad una actriz secundaria), en aquella España de posguerra, pero que aún no está al alcance de la protagonista, instalada en una geografía que no le dice nada (como a ninguno de los personajes que viven en esa casa de “la frontera”, denominación que el padre da al camino que conduce a ella). Esa ciudad del norte a la que en ningún momento se nombra no es más una estación de paso hacia un lugar más luminoso y feliz, por contraposición al norte de días oscuros y melancólicos (en la película se omiten los veranos; los recuerdos de Estrella con los que se construye la trama corresponden a días de otoño o invierno, excepto los de su primera comunión). Sólo los días previos a la comunión de Estrella suponen un período de efímera felicidad. Pasada ésta, cuando el coche con la abuela y la chacha se aleja, la languidez vuelve a instalarse en la casa. La nostalgia por la felicidad perdida antes incluso de haberla conocido. Ese es el recorrido que Estrella hará desde la niñez hasta la madurez, y que habrá de llevarla algún día a ese sur anhelado y que recrea en su mente a través de postales.

                La historia que Víctor Erice y Elías Querejeta querían contar hubiera debido tener tres partes. Narrada por la voz en off de Estrella y partiendo de un flash back tras la muerte de Agustín, el padre, la película nos transporta a un período de la infancia de la narradora, cuando tenía ocho años; la segunda parte nos sitúa en su adolescencia, siete años más tarde, momento en el que se produce el desenlace de la película. Y finalmente, una tercera etapa de la vida de Estrella que hubiera debido ser filmada en la continuación de la película, la habría situado en Carmona, en el Sur, siendo ya Estrella una mujer madura y adonde habría llegado para terminar de reconstruir el pasado de su padre y tomar el contacto con el hijo que éste tuvo con Laura, la mujer real que hay tras el nombre artístico de Irene Ríos. Tanto director como productor contemplaban esa segunda parte, pero por problemas de financiación se vio retrasada; y cuando fue financieramente posible, visto el éxito de la primera desistieron de hacer la segunda, por temor a que desmereciera de la primera.

                El ambiente que muestra la película, el sentimiento que transmite, son tremendamente tristes, pero de una belleza extraordinaria. Cada imagen, cada plano, se van encadenando según un plan preciso para hacernos ver el transcurrir del tiempo. La luz, ese elemento tan característico de las películas de Erice, se erige en la auténtica protagonista de la película para hacernos comprender la languidez, la melancolía con la que se suceden los días en ese pequeño mundo de la casa de Estrella. En esa estética tenebrista (se diría a veces que estamos ante un cuadro de Rembrandt, viendo cómo un rayo de luz se desplaza y crece en una pared), los días se suceden casi idénticos, pero la historia avanza hacia un final que no puede ser nada más que trágico. Ese uso de la luz en la fotografía es lo que ya había valido a Erice el reconocimiento en su primera película, y que habría de adquirir su plenitud en la última, El sol del membrillo, en la que se convertirá en la auténtica protagonista.


                Además de la magnífica fotografía de José Luis Alcaine, no podemos dejar de mencionar la música elegida para la banda sonora. La Danza Andaluza de Granados o el pasodoble En er mundo, llenan de sensibilidad y sugerencias las pocas secuencias en los que se oyen. Todos esos elementos artísticos (fotografía, música, ambientación) no hacen sino resaltar un guion del que es autor el propio Víctor Erice, a partir de una novela corta de Adelaida García Morales, en aquellos años pareja del director, que aún no había sido publicada y que lo fue posteriormente al estreno de la película. Digamos, para terminar, que el productor fue uno de los grandes nombres de la historia del cine español: Elías Querejeta, que igualmente había producido la primera película de Erice, así como otros grandes títulos, como Peppermintfrappé, Ana y los lobos, A un dios desconocido, Tasio, Historias del Kronen, Barrio y un larguísimo etcétera.

                La película como tal tuvo un enorme éxito de crítica. Fue muy bien recibida en el Festival de Cannes de 1983 y recibió numerosos galardones en Chicago y Sao Paulo, pero lamentablemente no es uno de los filmes más vistos por el público español, poco aficionado a dramas de este tipo, formalistas e intimistas.

                En estos tiempos de confinamiento y distancia, ese martes de otoño, en la penumbra del SUM en donde nos habíamos reunido para la ocasión, observando las necesarias medidas de protección, en silencio absoluto e inmersos por completo en la historia que se desarrollaba ante nuestros ojos, los que allí estábamos disfrutamos compartiendo aquella experiencia cinematográfica que nos acercaba de nuevo a la normalidad de antes de la pandemia. Cuando los títulos de crédito de la película terminaron de pasar y volvimos a encender las luces, costaba trabajo romper el silencio y expresar nuestras emociones, o al menos eso me ocurrió a mí. Una historia tan simple y profunda apenas dejaba margen para añadir algo más que pudiera romper su encanto, “el espíritu de El sur” nos había sobrecogido a los allí presentes. Y nosotros nos creímos que todo volvía a ser como antes…

                

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miércoles, 10 de junio de 2020

Cine-club del Rodrigo Caro: Los Juncos salvajes (1994) de André Techiné



por Enrique López


En primer lugar me gustaría agradecer a mis compañeros del programa de Aula de Cine por aceptarme en tan selecto Cine Club; ha sido un placer poder compartir buen cine y aprender a través de la mirada de los otros, por tanto me siento honrado por dejarme escribir la reseña de este “coming of age” o despertar de la madurez.
Es un género que está presente en la literatura occidental desde Homero que vemos en las figuras de Patroclo y Telémaco, en el cine en títulos tan emblemáticos como Pinochio (1940), Los 400 golpes (1959), El Rey León(1994) o Call me by your name (2017). El género nos ha demostrado que no ha pasado de moda con el éxito de series como Stranger Things (2016) o Sex Education (2019) en las plataformas digitales.
El secreto es que es un tema universal, que se recrea en la nostalgia, en el conflicto del desarrollo personal y en la crisis que supone la adolescencia, si bien, envejecen mal cuando los espectadores no comparten los mismos referentes culturales con su creador que suele recrear su propia adolescencia.
Los Juncos Salvajes es, por tanto, la película más autobiográfica de su director André Téchiné aunque ya había explorado los temas de la adolescencia, la homosexualidad y la falta de referentes masculinos en filmes anteriores en Les Innocents (1987) y En la boca, no (1991). Un año después del éxito que obtuvo en Cannes con Mi estación preferida (1993), con los Juncos Salvajes consigue el reconocimiento en los premios César y fue seleccionada para representar a Francia en los Oscar a mejor película extranjera.
Téchiné recrea su propia adolescencia, un internado en el sur de Francia en los años 60 con el telón de fondo el conflicto tan traumático que supuso la Guerra de la Liberación de Argelia. Filmada con un gusto poético, podemos intuir el cariño con el que el autor recuerda su propio despertar. François, Serge y Maïté forman el triángulo amoroso cuasi tóxico donde todos se necesitan y crean el conflicto interior que hacen que maduren, dejen atrás sus miedos y se enfrenten a sus miedos. No tiene una visión pesimista de la vida y ve la adolescencia como un punto de partida hacia lo desconocido con unas ganas recobradas tras una crisis personal.
Téchiné representa esa generación heredera la Nouvelle vague de Truffaut o Rohmer, que entiende el lenguaje cinematográfico con respeto a los maestros como Bergman. Me quedo con la escena en la que François busca ayuda en la única persona homosexual que conoce, el Monsieur Cassagne que no se atreve ni a mirarse en el espejo. Refleja esa crisis generacional más allá del conflicto de la homosexualidad. François representa esas ganas de vivir frente a Cassagne ha olvidado lo que significó el amor para él.
Me parece interesante la figura de Henri, el cuarto en discordia que hace avanzar la acción y desestabiliza a nuestros tres personajes: a François le hace plantearse lo que significa el amor y el deseo, a Maïté sus ideales políticos y a Serge el conflicto que causa la muerte de su hermano. Henri hace explotar el mundo de nuestros personajes y como el viento viene y va trastocando nuestros cimientos.
François es encarnado por Gaël Morel que supuso el debut y el reconocimiento instantáneo por la crítica con la nominación a Mejor actor revelación de 1995 en los César.
La homosexualidad, la guerra, los conflictos de clases, el racismo, los ideales políticos tienen un gran peso en la historia pero no la dominan; lo importante es el crecimiento personal que tienen que atravesar los personajes que culmina en ese bucólico paseo final junto al río, junto a los juncos salvajes.
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miércoles, 4 de marzo de 2020

Cine-club del Rodrigo Caro: La soledad del corredor de fondo (1962) de Tony Richardson




por Juan Gabriel Martínez

El invierno es una mala estación para el cine, o así debemos creerlo a tenor de la escasa asistencia a nuestro cine-club durante la presente edición. Si ya la proyección de diciembre reunió unas circunstancias adversas que hicieron menudear el número de espectadores, no pensábamos que tal cosa ocurriera en la primera sesión del nuevo año, pero ocurrió.

Y fue una pena porque, siguiendo con la línea definida por el quipo de aula de cine de nuestro instituto, queríamos seleccionar 3 títulos para este trimestre que centraran su temática en ese período inestable y difícil de la vida por el que todos hemos pasado y que nuestros alumnos están viviendo: la adolescencia. Pensábamos que eso atraería al público, ya que sin ninguna duda se trata de un tema inabarcable, con infinitas lecturas y planteamientos, que abarca aproximadamente, según los especialistas, desde los doce a los veinticinco años. Y es un tema siempre candente (nunca un adjetivo podría esencializar más claramente lo que se pretende calificar), aunque cada generación lo viva diferentemente según sus patrones culturales.

La película elegida fue La soledad del corredor de fondo (1962), del director británico Tony Richardson. No es ésta la película que le supuso más reconocimiento, ya que al año siguiente consiguió dos Óscars, a mejor película y mejor director, por Tom Jones, lo que le valió una mayor difusión internacional; pero se trata sin duda de un film excepcional. Se encuadra -y es la mejor representante- en el movimiento Free cinema británico, heredero y continuador de la Nouvelle vague francesa, aunque menos intenso, menos duro, pero comparte con ella su elemento fundamental: dar una respuesta contundente a una industria cinematográfica aferrada al pasado en sus respectivos países, con una estética anquilosada y repetitiva, alejada de la realidad de los nuevos tiempos, en definitiva, una industria decadente a la que los cineastas de esta corriente contraponen una estética directa, un nuevo lenguaje cinematográfico poético, un análisis frío y subjetivo de las nuevas realidades que se plantean en el sistema económico, cultural y social. Durante los años 60, Richardson abordó la problemática de la juventud británica y abordó asuntos poco tratados hasta ese momento en el cine: embarazos adolescentes, homosexualidad... Sus personajes reflejan a los que se conocía como jóvenes airados, unos personajes sin objetivos vitales, decepcionados con el sistema capitalista en el que han sido educados, hasta cierto punto nihilistas. Se limitan a vivir y disfrutar tanto como puedan de lo poco que les ofrece una sociedad que en apariencia les pone todo al alcance, pero que no les ofrece los mecanismos para conseguirlo. Tampoco se plantean la necesidad de esforzarse para lograrlo, porque ya se han dado cuenta de cuáles son las reglas y ven con claridad que la compartimentación social está establecida y a ellos sólo les llegan las migajas, los restos.

En la película que nos ocupa, el protagonista es un joven de clase obrera que vive en los suburbios de Nottingham, Colin Smith. Su amigo y él tienen poco que hacer en la vida, ante la desesperación de sus padres, y aún menos dinero para nada que realmente les pueda sacar de la sordidez del día a día. Un día se les ocurre robar en una panadería del barrio porque se les figura un objetivo fácil. Y efectivamente lo es. Con ese dinero podrán pasar un par de días felices con sus novias, harán una viaje a la playa y se olvidarán de las miserias cotidianas. Además, no creen probable que los pillen porque nadie los ha visto y el dinero estará a buen recaudo. Pero la realidad es terca y siempre hay algún elemento que se descontrola y que dará al garete con las expectativas. Y es así como Colin acaba en un reformatorio para pagar su deuda con la sociedad. Es éste el auténtico punto de partida de la historia, ya que todo lo anterior nos es narrado en forma de flash backs durante el film.

Colin debe hacerse a su nueva vida en ese centro de internamiento de menores, en compañía de otros jóvenes descarríados con igual falta de perspectivas. Allí tendrá ocasión de mostrar un don: su capacidad para correr, sus excelentes condiciones para las carreras de fondo, cualidades que no pasan desapercibidas al director del centro, que ve en él la oportunidad tanto tiempo añorada de vencer a los alumnos del colegio privado con el que anualmente compiten y ante el que año tras año van añadiendo derrotas, nada de extrañar por las condiciones de estudio y de cuidado de los jóvenes del otro centro.

Desde ese momento el director se interesará vivamente por el entrenamiento de su pupilo, gran esperanza del reformatorio, coartada para mostrar en ese acto social tradicional las virtudes de su sistema de “integración social” de los jóvenes de las clases desfavorecidas, a las que parecen otorgar las herramientas para el ascenso social.

El joven hosco, duro, que llega al centro haciendo alarde de su rebeldía, discutirá y debatirá con sus compañeros, que le reprochan su asimilación al sistema, mientras sigue preparándose para el gran día. El espectador va comprendiendo el proceso que se desarrolla en su mente, a través de la reconstrucción de las calamidades que lo han llevado hasta allí, en una vida errática y en una familia fallida (a lo que hay que añadir la muerte del padre). El análisis de la sociedad capitalista y sus fastos, las añagazas que sus representantes, sus “carceleros”, le ponen ante los ojos con el fin de espolearlo para que logre el anhelado triunfo, parecen ir persuadiéndolo, porque, en el fondo, para él aquello no es más que una demostración de sus capacidades, y la idea de ganar está en su mente, en esto como en los demás avatares de su vida. Colin es un chico inteligente, consciente en todo momento de las consecuencias que sus actos pueden tener, pesimista ante el futuro, un futuro que no va más allá de mañana, de lo inmediato, todo lo demás no existe.

Durante su preparación, y especialmente durante la carrera, su vida pasa ante sus ojos (y ante los nuestros). Una carrera de fondo da para mucho. Son muchos minutos de estar a solas consigo mismo. Muchos de nosotros sabemos lo que es pasar mucho tiempo sin más conversación que un monólogo interior lleno de recovecos, de recuerdos, de proyectos, de miedos, de esperanzas, que van y vienen, y vuelven a irse y regresan de nuevo. El silencio se extiende alrededor mientras la mente se llena de sonidos, de ruido, de llamadas. Y al mismo tiempo, la actividad física que se está desarrollando se manifiesta en cada momento para obligarnos a tomar la decisión que el cuerpo nos pide y que deberemos ejecutar, decisiones que serán definitivas para la conclusión de la competición. La fuerza mental es una de las cualidades que más se elogian en los grandes deportistas, el motor que los lleva a sobreponerse a las dificultades y que los lleva hasta el triunfo. Y en las competiciones individuales y prolongadas son el mayor exponente de esta fortaleza mental. Son competiciones solitarias, íntimas, y nadie duda de las extraordinarias condiciones que deben tener alpinistas, maratonianos, nadadores, ciclistas y otros deportistas.

En esta maravillosa película podemos asistir a todo este proceso mental, al monólogo que se produce en el interior de Colin mientras sus rivales van quedando atrás, derrotados por el desconocido chico pobre que nunca había destacado en nada.

Tom Courtenay encarnó el personaje de Colin en su primera aparición cinematográfica, y lo hizo con solvencia y credibilidad. Le acompañan Michael Redgrave (padre de la venerada Vanessa Redgrave) en el papel del director del centro, y Alec McCowen, un secundario habitual en muchas producciones británicas y en algunos éxitos de Hollywood.

Rodada en un sobrio blanco y negro, sin apenas música pero con unos poderosos silencios que resaltan los flash backs, la película, basada en un relato homónimo de Alan Sillitoe (The loneliness of the long distance runner) contó con el autor para la adaptación de la historia a un guión que se muestra impecable para hacernos llegar las emociones y sentimientos del protagonista, de modo que lleguemos a sentir compasión por él y comprendamos el porqué de sus decisiones. Para quien esto escribe, ver la película hace más de treinta años supuso un choque emocional del que tardé en recuperarme, y la prueba de ello es cómo ha permanecido en mi recuerdo. No había tenido ocasión de volver a verla, porque no es una película habitual de los circuitos comerciales o televisivos, pero cuando la propuse para el cine-club esperaba que a los espectadores no los dejaría indiferentes. Me siento satisfecho al ver, en la conversación posterior que siempre sigue a los visionados, que a mis compañeros no los dejó. Una película imprescindible para comprender los límites de nuestras sociedades del bienestar y discernir los espejismos que nos hacen contemplar como objetivos alcanzables de lo verdaderamente importante… si es que lo hay.



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sábado, 1 de febrero de 2020

Cine-club del Rodrigo Caro: La novia cadáver de Tim Burton y Mike Johnson (2005)


por María Jesús Morón
Una tormentosa tarde prenavideña supuso el decorado perfecto para el visionado de la película elegida por nuestro cine club para cerrar el año 2019: La novia cadáver. Que no os lleve a engaño el título, puesto que La novia cadáver es una maravillosa y hermosa película de animación dirigida por Tim Burton y Mike Johnson en el año 2005. Basada en un cuento del siglo XVI, “El dedo”, del rabino Isaac Luria y en la adaptación ruso-judía posterior del siglo XIX, está ambientada en un pueblo ficticio de la época victoriana y nos cuenta la historia de Emily y Víctor Van Dort. Víctor Van Dort es el hijo de unos pescaderos que, de alguna manera, han hecho fortuna (no se indica en la película cómo) pasando a ser nuevos ricos y con aspiraciones de ascender socialmente. Con el fin de lograrlo, conciertan el matrimonio de su hijo Víctor con Victoria Everglot, hija de unos aristócratas arruinados. Pese a conocerse el día antes del enlace, los dos jóvenes se enamoran y lo que prometía ser una historia de amor con final feliz se tuerce durante el ensayo de la boda, ya que con los nervios, Víctor es incapaz de recordar sus votos y termina dejando caer la alianza de matrimonio al suelo y quemando el vestido de su futura suegra. Ante tal desaguisado, es reprendido por el pastor Glaswells, el cual le prohíbe su regreso hasta que no se haya aprendido correctamente sus votos matrimoniales. Al huir del pueblo, Víctor se adentra en un bosque en el que ensaya sus votos nupciales, despertando sin querer a Emily, el cadáver de una joven novia fallecida que lo arrastrará al mundo de los muertos. Tim Burton representa el mundo de los muertos como un mundo alegre, lleno de color, con cadáveres, esqueletos y alimañas bebiendo, bailando y celebrando la eternidad, en contraposición a un mundo de los vivos gris, donde la gente camina cabizbaja, encorvada y con semblante triste. Víctor, soñador y distraído, encontrará en el mundo de los muertos lo que nunca encontró en el de los vivos: vitalidad, bondad, dulzura,.. especialmente en el personaje que da nombre a la película, Emily, la novia cadáver. Emily, que admira la belleza de la luna la primera vez que sube a la tierra tras su muerte. Emily, que le regala los huesos de su perro Sobras (Scraps en la versión original). Emily, enamoradiza, bondadosa, confiada y en búsqueda del ideal del amor romántico que perdió en vida y que cree haberlo encontrado en Víctor.

A lo largo de la película vemos como, de entre los protagonistas, el personaje que más emociones expresa, Emily, es precisamente el que no tiene corazón. Asunto al que hace varias veces referencia, apesadumbradamente, la misma Emily: la carencia de latido, de su propio latido. Sin embargo, los espectadores vemos como pese a sus heridas físicas y de las otras, Emily, nuestra novia cadáver, canta, ríe, siente celos, angustia, tristeza (preciosa escena junto a Víctor tocando el piano) y mucho dolor. Tanto, y tanto ha sufrido, que no es capaz de provocarlo en los demás y al final de la historia liberará a Víctor para que pueda casarse con la mujer a la que realmente ama. Con esta muestra de amor, Emily queda por fin libre del trauma que la anclaba a la eternidad.

 

Desde el punto de vista cinematográfico, La novia cadáver es una película de animación, realizada con la técnica de animación stop motion o animación fotograma por fotograma. Fue el primer largometraje de animación rodado íntegramente con una cámara de fotos réflex digital. La duración normal en un rodaje de superproducción como por ejemplo, Harry Potter, es de unas 14 semanas. El rodaje de La novia cadáver tuvo una duración de 52 semanas y la realización de algunas tomas duraron hasta tres semanas. Las marionetas, de tonos grisáceos para el mundo de los vivos y de vivos colores para el mundo de los muertos, fueron realizadas con un mecanismo bajo una piel de silicona que permitía modificar las expresiones faciales de cada personaje. Se crearon 80 personajes para la película y se necesitaron 25 animadores para marcar el movimiento de las figuras delante de la cámara. Los decorados realizados han sido mucho más grandes que los normalmente fabricados para películas de animación.

 En La novia cadáver hay decorados que alcanzan cinco metros de altura y hasta ocho metros de profundidad.
En definitiva, una obra de arte, tanto desde el punto de vista cinematográfico como artístico, que llenó de hermosura la alicaída tarde que la meteorología nos tenía preparada.Menos mal que luchamos contra la adversidad. Como Emily.

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sábado, 11 de enero de 2020

Cine-club del Rodrigo Caro: Los pájaros (1963), de Alfred Hitchcock


por Juan Gabriel Martínez

Como si se tratase ya de una tradición, a nuestro cine-club llega de nuevo una película del gran maestro del cine de suspense; en esta ocasión se trata de Los pájaros. Y es que en la programación que habíamos previsto para este primer trimestre, de cine fantástico y de terror, no podía faltar “Don Alfredo”, que con esta producción de 1963 volvió a ofrecer al público una experiencia aterradora sobre cómo la plácida vida de los habitantes de un pueblo costero se ve alterada por la presencia y el comportamiento anómalo de sus vecinos voladores.

Coincidiendo con la llegada a un pueblo de una chica que va buscando a un apuesto abogado, se empiezan a producir unos ataques extraños por parte de un número cada vez mayor de pájaros, que se empiezan a concentrar amenazadoramente en esta tranquila localidad. Mientras que la relación entre la pareja protagonista evoluciona, yendo desde una inicial hostilidad hasta una poderosa atracción (el pasado de la chica era algo turbio para la mentalidad de una localidad tradicional y conservadora), los hechos relacionados con el agresivo comportamiento de las aves van creciendo en virulencia, pasando de ocasionales y anecdóticos incidentes a casi ataques organizados con la intención de agredir a los humanos y causar víctimas, todo ello acompañado de algunas reflexiones y alusiones casi cómicas sobre las prácticas con que los humanos tratan a estos inocentes animales, que desde una perspectiva ecologista/animalista serían condenables en la actualidad, y a la que el excepcional director parecía estar adelantándose. Particularmente, me da la impresión de que Hitchcock quiere transmitir un mensaje un tanto puritano, “castigando” comportamientos poco morales por parte de los humanos, tanto individual como colectivamente, y para ejecutar ese castigo, utiliza a la naturaleza y a una de las especies que comparten planeta con nosotros, para llevarlo a cabo.

Paralelamente, para seguir con la intrahistoria del film, en 2018 la protagonista, Tippi Hedren, publicó sus memorias con el título “Tippi”, en las que narró cómo vivió el rodaje y sufrió a las órdenes del excepcional director. Fue uno más de los testimonios que salieron a la luz en esos momentos iniciales del movimiento #metoo. En esas memorias, además de afirmar que Hitchcock fue cruel con ella hasta el extremo de que el rodaje del ataque de las aves en la escena final fue brutal, la actriz asegura que Hitchcock arruinó su carrera cinematográfica (un año más tarde aún contaría con ella para “Marnie, la ladrona”), pero no su vida. Eran otros tiempos en Hollywood (como en todas partes), y ciertos comportamientos inmorales eran habituales entre los miembros de ese mundo donde, por detrás del glamour del celuloide, había todo un sistema de abuso de poder y de acoso sexual del que se aprovecharon productores, directores y actores, y que se ha prolongado casi hasta la actualidad. Pero ése es otro tema delicado que debería ser abordado en otro momento y lugar. Señalemos, no obstante que la interpretación de Tippi al menos fue recompensada con un Globo de Oro.

Para nosotros, los espectadores que amamos el cine, esta obra de arte, que está entre las seleccionadas por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos para su preservación en la National Film Registry desde 2016, es un clásico inolvidable, todo un ejemplo del cine de terror que sigue desasosegándonos y haciéndonos sentir indefensos e impotentes ante unos hechos que escapan a nuestra lógica y a los que no sabemos cómo hacer frente. Hitchcock se basó en un relato corto de la escritora británica Daphne du Maurier, que se desarrollaba en la campiña de Cornualles, en el Sur de Inglaterra, pero mientras preparaba el guión con Evan Hunter leyó una noticia de un ataque sufrido por la población de una localidad de la Bahía de Monterrey (California). Años más tarde, en 2011, unos biólogos marinos de la Universidad de Louisiana demostraron que ese comportamiento de los pájaros podría deberse a una intoxicación alimentaria al ingerir un alga que contiene veneno; se trata del ácido domoico, que daña el sistema nervioso. Pero Hitchcock eludió cualquier explicación racional de los acontecimientos, de modo que la historia resultara aún más inquietante, ¡y vaya si lo consiguió!

Por todo lo anterior, la película merece una lectura en profundidad de la que extraer los leitmotivs habituales en el cine del genio anglo-americano: las mujeres rubias, la sexualidad, el inconsciente, el engaño. Tippi Hedren fue una más de las “rubias” que Hitchcock buscó para protagonizar sus películas, como Doris Day, Eva Marie Saint, Ingrid Bergman, Grace Kelly, Janet Leigh, Kim Novac (¡menudo repertorio!), seguras, ambiciosas, decididas, siempre dotadas de un halo de esplendor y un alto poder de seducción para los hombres. Ellos resultan siempre un tanto patéticos, y en algunos casos acomplejados, cohibidos ante la exultante belleza e incapaces de tomar decisiones inteligentes. Es la atracción sexual lo que les hace querer tenerlas, desearlas, pero siempre inseguros y dubitativos, víctimas de ellas o de lo que ellas representan. En el caso de Los pájaros, el protagonista, Mitch Brenner (encarnado por Rod Taylor) tiene la intención al principio de burlarse de Melanie Daniels (Tippi Hedren) y tomarse su pequeña revancha por un viejo pleito del que ella, hija de un poderoso magnate de los medios de comunicación, salió victoriosa. Pero la determinación de ella conseguirá rendirlo, seducirlo y finalmente permitirá que él asuma el rol de auténtico hombre que toma en sus manos la salvación de todas las mujeres a su cargo (de su madre, de su hermana y obviamente de la que en un brevísimo lapso de tiempo se ha convertido en su prometida, para lo cual ha debido ganarse la confianza de la madre de él). Malévolamente, se me ocurre pensar que el sufrimiento que ella sufre en el momento de ser atacada por los pájaros (desde el primero de esos ataques hasta el último, mucho más salvaje) define una especie de expiación por sus faltas anteriores (mujer frívola, fumadora, mirona, descarada), lo que le permitirá recibir la absolución y la aprobación de la madre tras el sufrimiento padecido por salvarlas a ella y a su hija. Por otro lado, que Mitch está demasiado sometido al poder de la madre resulta evidente desde el momento en que Melanie se encuentra con Annie Hayworth (Suzanne Pleshette), la maestra del pueblo. Casualmente, ésta ha decidido alquilar una habitación de su casa, y eso va a permitir que las dos jóvenes mujeres tengan un momento “de chicas”, con confidencias sobre sus vidas, que convergen en un mismo punto: Mitch. La experiencia de la maestra (una morena sensual y bondadosa, extraña combinación, que ha mantenido una relación con él) con la familia del abogado, y más concretamente con la madre, no tuvo un final feliz, lo que le va a permitir poner sobre aviso a la nueva candidata, mucho más decidida y con otras armas de seducción que no dudará en emplear, en un sabio manejo de verdades y mentiras. Esos momentos de intimidad entre las dos mujeres, el contraste de la morena y la rubia, son de lo más jugoso de la película. Pero el destino de ambas será muy diferente, tal vez injusto.

Hitchcock tomó algunas decisiones atrevidas para la época en cuanto a aspectos formales. Por ejemplo, la banda sonora del film no tiene ni un sólo momento musical durante el desarrollo de la historia; sólo la componen los diálogos de los personajes, los ruidos de ambiente y, especialmente, los graznidos de las aves, realmente ensordecedores en los momentos de los ataques, así como el sonido de los aleteos de las bandadas. También los silencios juegan un papel fundamental en la creación del suspense. Eso hace aún más aterrodora la impresión producida por los pájaros al abalanzarse sobre la población. Merece ser destacado el hecho de que para crear estas escenas sólo se recurrió a algunas aves entrenadas y a una cantidad notable de aves mecanizadas o de juguetes. El realismo conseguido en estas escenas hizo merecedora a la película de un Óscar a los mejores efectos visuales. Sólo con los títulos de crédito del principio y del final se puede escuchar la música compuesta por Bernard Herrmann. Y es significativo el final de la película, ya que Hitchcock no quiso que apareciera el típico rótulo “The end”, lo que hace aún más evidente la voluntad del director de que el final fuera abierto, dejando al espectador ante la duda de qué pasará después y la necesidad de construirse su propia solución.

No obstante, en el breve análisis y coloquio posterior al visionado de la película, algunas de estas consideraciones quedaron relegadas debido al público que asistió. La película está considerada como apta para todos los públicos, y entre nuestros asistentes habituales contamos últimamente con nuevos cinéfilos, una cantera que queremos y debemos cuidar para garantizar la continuidad de nuestro cine-club. Pero eso también hace que cuidemos con ellos los detalles y los acerquemos al cine para que disfruten y aprendan de él y con él. Las consideraciones expuestas anteriormente por este humilde crítico no hacen sino manifestar unas pulsiones psicológicas tal vez tan enfermizas como las del propio director, y sacar del inconsciente masculino fantasmas y deseos que los jóvenes cinéfilos aún desconocen. También esto es bueno, que el cine nos ofrezca esa doble, triple o cuádruple lectura, esa profundidad de la que carecen tantas de las últimas producciones comerciales que saturan las pantallas de las salas de cine; que los espectadores, cualquiera que sea nuestra edad, condición sexual o género, hagamos nuestra interpretación de esas historias que ya forman parte de nuestra vida y que han contribuiddo a formar nuestra personalidad además de enriquecer nuestra cultura. Y eso sólo lo consiguen los clásicos. Como rezaba el título de aquel mítico programa de José Luis Garci, “¡Qué grande es el cine!” y de la misma forma que la teoría de la relatividad expuesta por Einstein no deja de ser cierta porque éste fuera un misógino, y por ello merece un puesto de honor en el campo de la ciencia, el hecho de que Bertolucci, Woody Allen o Hitchcock hayan sido objeto de denuncias por parte de algunas de las actrices o mujeres que los trataron no debe quitar un ápice al reconocimiento que como grandes artistas se merecen en la historia del cine.

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